Ana

49. La maldición

—Voy a morir —dijo, rozándose los labios con la punta de los dedos. Sabía dulce, a frutos del bosque. Tocó la cicatriz que le partía el labio, desfigurándolo. Ella lo había besado sin reparos, dibujando con la lengua los gruesos bordes.

—¿También tú crees eso? —exclamó enojada—. Pensaba que eras diferente —añadió, con decepción.

Se apartó de su lado. Se dio la vuelta y saltó de la cama. Aún entraba luz por la ventana. La vio recoger el vestido y ponérselo apresurada. El cabello rojo le cayó por la espalda, alborotado, mientras salía de la habitación sin despedirse, dando pasos largos y elegantes. Nunca volvería a verla.

La puerta de la taberna se había abierto aquella mañana, por primera vez en muchos días. La mayor parte de los clientes de Román solo llegaban cuando caía el sol. Pero él madrugaba y abría el negocio, aprovechaba las horas calmadas para limpiar vasos y botellas.

Un tipo alto y corpulento había entrado. Le echó un vistazo. Lo recordaba de la noche anterior. Había cenado allí. Pasó horas entreteniendo a los parroquianos. Narraba relatos de sus muchos viajes y esbozaba sonrisas perfectas al adular a las mujeres.

—Cerveza —exigió acercándose a la barra y dando un manotazo —. La más negra y fuerte que tengas.

—¿Ha sido una buena noche? —preguntó Román, cogiendo una de las jarras y llenándola hasta el borde del líquido negro y espumoso.

—Fantástica. ¡Vaya hembra! —Soltó una risotada.

Dejó a un lado la espada corta que le colgaba del cinto y la capa gruesa. Las mañanas empezaban a ser cálidas. Sorbió ruidosamente la cerveza y la acabó en un par de tragos. Exigió más. Román se apresuró a servirle mientras le escuchaba dar detalles demasiado íntimos de su encuentro amatorio. Cuando mencionó el color encendido de su melena se detuvo. La cerveza cayó fuera de la jarra.

—¿Esa mujer de la que habláis es la bruja de cabellos rojos?

—¿Bruja? —Se rio a carcajadas—. Yo diría que es una diosa.

Román le acercó la bebida y limpió con un trapo el líquido derramado por la barra.

—Bueno, cuentan… ya sabéis, la maldición.

—No sé de qué me hablas.

El tipo lo miró interesado, dejando de hacer ruido por primera vez, desde que entrara.

—Cuentan que esa mujer está maldita. Seduce a sus amantes y les hace disfrutar más que cualquier otra, pero todo el que está con ella no sobrevive más de una semana.

—¿Y el Tribunal no la ha investigado?

—No encontraron indicios. Todas las muertes parecían casuales, no se vio relación entre ellas. Ya sabéis que el Tribunal se ha vuelto blando, hace años que no se acusa a nadie de brujería, a no ser que haya testigos. Y en las alcobas no suele haberlos.

El tipo aguantó un momento la jarra en la mano, sin decir nada, meditando. Se rascó la barba y dio un último trago.

—Aunque esa absurda historia fuera cierta, habría merecido la pena—exclamó, dejando unas monedas para pagar la bebida.

Volvió a reír a carcajadas y salió dando tumbos de la taberna, cerrando la puerta de un golpe.

Román sintió una punzada de celos. Cada vez que uno de aquellos caballeros yacía con Laina pasaba por su taberna a contar sus habilidades, sin ningún pudor. Y luego bajaba ella, con el pelo suelto, lavado y peinado, cayéndole por los hombros desnudos. Tenía la piel muy blanca, las facciones finas, las curvas perfectas.

Se había enamorado desde el primer momento en que la vio, cuando acordaron el precio del alquiler de la habitación libre que quedaba en el piso de arriba. No solo era hermosa, además la mujer le miraba siempre a la cara, le sonreía y le hablaba como a una persona, parecía que le importara lo que él sentía. Sin embargo no había intentado seducirlo igual que había visto muchas veces que hacía con los otros. Le dedicaba palabras y gestos amables, los mismos que dirigiría a un padre, aunque no hubiera más de cinco o seis años entre ellos. Y Román se ocultaba tras la barra, tras las cervezas y las copas de vino, del mismo modo que hacía siempre, avergonzándose de su aspecto.

La vio entrar una vez más. Estaba radiante aquella mañana. Tonteó con un jovenzuelo que había en la puerta antes de sonreírle a él.

—Buenos días, Román. ¿Me pones un vasito? —pidió, guiñándole un ojo.

Sacó la botella que guardaba solo para ella. Un zumo casero de arándanos y moras, con un poco de licor y un ingrediente secreto. Lo elaboraba él mismo. Restos de un tiempo en el que quiso ser mago y se quedó en curandero. No tenía memoria para encantamientos ni fuerza para retener la magia, que se le escapaba una y otra vez entre los dedos. Solo aprendió a preparar pócimas, remedios para el cuerpo y el alma, y algún hechizo.

Laina se mojó los labios con el líquido dulce y azulado. A Román le gustaba ver cómo le caían gotas por la barbilla, y se moría de ganas de levantar una mano para recogerlas y saborearlas.

—Ponme otro —pidió—. Hoy estoy sedienta.

—Parece que esta noche has estado ocupada —murmuró, saltándose por una vez su discreción.

—Qué descarado estás hoy —exclamó sonriendo—. Pon uno para ti. Yo invito —propuso.

—No, no… Ya sabes que yo no bebo. Un buen tabernero no tiene que beber —rechazó, aunque estaba ansioso por brindar con la mujer, solo para tenerla un poco más cerca.

Acabó por dejarse convencer, era imposible no ceder a sus peticiones. Precavido, llenó un vaso con cerveza. Nadie, salvo Laina, podía probar la pócima azul. Nadie al menos, que quisiera seguir vivo. Aunque eso solo lo sabía Román. Ella sonrió y le acarició la cicatriz del labio, mirándolo por primera vez como a un hombre. La había deseado siempre y, sin pensar, se dejó arrastrar al jergón donde pasaba sus solitarias noches. Olvidando la maldición que él mismo había creado.

Ana

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2 comentarios sobre “49. La maldición

  1. Introduce en ese mundo de magia y fantasía de las leyendas, tabernas y brujas. Bravo. Un saludo consciente de que el nº 52 está al alcance de los dedos. Este es tu penúltimo, Ana. Un brindis.

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