Amelia

48. La tienda de juguetes

Era una de esas tiendas que venden juguetes de otra época, de otro estilo. En su escaparate podían verse muñecas de porcelana, tiovivos de hojalata, trenes de madera y soldaditos de plomo. Al traspasar la puerta de cristal, el sonido de la campanilla anunciaba con alegría al comprador.

Una niña morena, de pelo largo y rizado, sentada en el suelo, jugaba con una casa de muñecas. Colocaba las distintas piezas en las habitaciones, redecorándolas, mientras canturreaba para sí.

El dueño, el anciano señor Nibes, se hallaba pegando con cola las piezas del vagón de un tren, sentado detrás del mostrador en un taburete. La campanilla sonó, tintineando. Se levantó para ver quién entraba.

—Buenas tardes —saludó una pareja. El hombre, alto y moreno, iba vestido con traje de chaqueta, que parecía no ser de su talla; la mujer, con el pelo teñido de rubio, llevaba un abrigo de piel poco apropiado para la estación del año, pues el calor ya empezaba a inundar las calles del barrio.

—Buenas tardes —contestó el señor Nibes, depositando el vagón de tren en el mostrador—. ¿Qué se les ofrece?

La mujer miró alrededor y exhaló un suspiro de entusiasmo:

—¡Ay! ¡Me gusta todo! Queremos juguetes, muchos juguetes, para nuestra casa y nuestro niño. Tenemos mucho dinero y queremos gastarlo, en lo que sea.

—Eso es —afirmó el hombre, aproximándose a un balancín de madera en forma de caballito. Lo tocó y golpeó varias veces, como para probar la dureza del material—. Nuestro Kevin se merece lo mejor.

—Bueno… Estos juguetes no son los típicos, verán… —comenzó a explicar el dueño—… quizás no sean del agrado de su hijo. Un par de calles más abajo hay una juguetería más moderna. Seguro que allí encuentran robots, Lego y lo que quieran.

—¡Para nada! Nosotros queremos juguetes de los antiguos —exclamó el hombre—. Yo nunca tuve de estos, en mi casa no había dinero para estas cosas. Quiero que mi hijo juegue con auténticos objetos exclusivos. Cualquiera puede pagar un robot o un peluche con pilas. De esos hay miles… pero juguetes como estos… —Los ojos le brillaban de la emoción.

—¡Exacto! ¿Qué nos recomienda? —preguntó ella, echando un vistazo por toda la tienda. Recorrió con los dedos, cubiertos de anillos dorados, las caras pintadas de las muñecas de porcelana, bajo la mirada impaciente del señor Nibes. Reparó en la niña que jugaba en el suelo—: Y tú ¿quién eres, bonita? ¿Eres la nieta de este señor?

La pequeña dejó los muebles de la casa, se levantó y se alisó el vestido.

—No, soy Balbina. Vivo ahí enfrente —contestó, señalando un edificio a través de la puerta.

—Ah… ¡Qué nombre más antiguo! —se mofó—: ¿Y este señor tan amable —recalcó las palabras con ironía— te deja jugar con estas cosas? Serán muy caras, ¿no? Las puede romper.

Manoseó las distintas piezas de mobiliario de la casa, el tejado y la chimenea, las muñecas que la niña había recostado en las camitas…

—Disculpe, viene a jugar solo con la casa de muñecas. Perteneció a su familia, a su bisabuela Balbina, para ser exactos —explicó el señor Nibes, acariciando el pelo de la niña—. La vendió su abuelo hace muchos años y aquí está, esperando a que alguien se la lleve.

—Y, ¿por qué no te la compras, guapa? —preguntó con desdén la mujer.

—Estoy ahorrando, señora. Me falta poco para conseguir el dinero —contestó la niña, muy orgullosa de sí misma.

—Señores, ¿qué deseaban? ¿Qué juguetes quieren? —interrumpió el dueño, impaciente—. Puedo mostrarles algunos que serán de su interés.

—Sí, enséñenos… Podemos gastar lo que sea, acabamos de ganar la lotería —pidió el hombre, que había estado palpando trenes y cochecitos, como en una ensoñación.

Balbina le hizo un gesto de adiós al señor Nibes y se fue, dejándolo solo con la pareja. La puerta de la tienda tintineó detrás de ella.

El dueño comenzó a enseñarles los juguetes y fue apuntando en su libreta aquellos que le iban indicando, no sin antes tocarlos y sobarlos: el balancín de madera en forma de caballito, una colección de soldaditos de plomo, media docena de muñecas de porcelana, dos aviones de hojalata, un tablero de parchís, un juego de ajedrez de madera con las piezas de marfil, una antología de cuentos del siglo XIX con filigranas de oro en los lomos… La mujer decía a todo que sí casi sin mirar, mientras su marido comentaba lo bien conservados que estaban para tener tantos años o recordaba que eran juguetes de su época.

El señor Nibes había tomado nota de todo, cuando la mujer se paró frente a la casa de muñecas. La señaló y dijo:

—Apúntela también.

El anciano la miró, apesadumbrado:

—¿No podría hacer una excepción con esto? Balbina casi ha conseguido el dinero. Lleva mucho tiempo ahorrando y es de su familia. —Sentía lástima por la niña, que le hacía compañía casi a diario.

—Si quiere dejar de hacer negocio con nosotros, de acuerdo —espetó la mujer, sonriendo y enseñando los pocos dientes que le quedaban—. Olvide lo que ha apuntado. Nos iremos a otro sitio. No es la única juguetería antigua de la ciudad.

—Cariño, Kevin no necesita una casa de muñecas. No creo que juegue con ella —intentó convencerla su marido, posando una mano en su hombro.

—¡Le he dicho que la apunte! ¡Y no se hable más! —exclamó ella, apartándose de su marido.

El señor Nibes miró su libreta. La cuenta era muy abultada. Nunca tendría una oportunidad igual.

«Espero que la pequeña Balbina lo entienda», suspiró y anotó la casa de muñecas.

—¡Quiero que nos lo envuelva todo y nos lo mande a casa! —exclamó la mujer, excitada ante la compra—. Vámonos, cielo.

Se acercó a la puerta y la campanilla sonó cuando la abrió. Su marido dudó un instante antes de cruzarla. El señor Nibes parecía haberse perdido en la contemplación del suelo de madera de la tienda.

—Oiga, olvide la casa de muñecas. Ya se lo explicaré a mi mujer —dijo, guiñándole un ojo.

Amelia

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