Ana

47. Posesivo

—Tu casa da miedo —dijo Marcos, dándome la espalda.

Miraba las estanterías, atiborradas de libros viejos, y las fotografías antiguas. Yo observaba su espalda, donde el tatuaje de un dragón le bajaba por el omoplato.

—No son mías. Serán del dueño del piso —respondí—. Los primeros días también me daban un poco de impresión, ahora me he acostumbrado a verlas.

Se dio la vuelta y me sonrió.

—Quizá eres tú la que das un poco de miedo —dijo.

Yo seguía tumbada en el viejo sofá de piel, tan amplio y cómodo que ni siquiera habíamos llegado a la cama. Unas horas antes parecía una buena idea traer a Marcos a casa. Aunque no me podía quejar del resultado, cuando el efecto del vino empezó a desaparecer, tuve un amago de arrepentimiento.

Lo vi recoger su ropa, que había quedado esparcida por el suelo y por encima del sofá. Al inclinarse para rescatar la camisa roja, se acercó con intención de volver a besarme. No llegó a hacerlo. Se apartó con brusquedad, sacudiendo la mano mientras profería un quejido.

—¡Vaya! —Se había hecho un buen arañazo—. Tu sofá se defiende.

—¡Oh!, ¡lo siento! Tiene algunos hierros que sobresalen, lo había olvidado. Espera, te pondré algo.

Caminé descalza por la casa. Busqué en el baño algodón y alcohol. Cuando volví, ya no estaba. Aunque al despertarnos me había advertido de que se marchaba a trabajar, me extrañó no escuchar ni la puerta.

Llevaba ya casi dos meses en la casa. Era un piso pequeño, el último de una finca antigua, con vistas al mar. El pueblo debía llenarse en verano, sin embargo el otoño lo dejaba casi abandonado. El alquiler me había salido a un precio ridículo y el aislamiento, lejos de atemorizarme, parecía adaptarse a mi estado actual como un guante. Mi trabajo consistía en visitar fincas situadas hacia el interior, para repasar con los propietarios los datos de los pozos. Estaba mal pagado y hacía demasiadas horas de carretera. Pero había sido una huida hacia delante. El año anterior me había obsequiado con más cosas de las que necesitaba: la muerte de mi madre, un divorcio complicado y una fractura abierta de tibia. Cuando empezaba a levantar cabeza, la compañía de aguas para la que trabajo me ofreció esto, sin opciones para rechistar. Mis meses de baja no habían sentado muy bien.

Sin embargo fue como un regalo. Necesitaba soledad. Alejarme de conocidos, con los que ya no sabía de qué hablar, y estar ocupada. El tiempo libre lo dedicaba a tumbarme en el inmenso sofá, que desentonaba en el reducido salón. Aquel mueble parecía abrazarme y tranquilizarme a partes iguales. Me gustaba sentir su tacto sobre mi piel. Así que me reservaba días enteros sin salir, para pasar horas viendo películas o leyendo.

La casa en sí era bastante peculiar. El viento golpeaba a menudo los cristales y hasta las paredes. Cuando lo hacía, los armarios de la cocina parecían a punto de saltar. Los muebles crujían y hasta el calentador de agua, a veces, zumbaba como si tuviera un enjambre alojado dentro.

Luego estaban los mensajes. La inquilina anterior me había dejado algunos post-it distribuidos por la casa. El primero lo encontré pegado en la nevera, donde me advertía sobre los vecinos. «No les hagas mucho caso. Se les va un poco la cabeza», decía.

Y algo así parecía. La señora del primero no quiso abrirme la puerta cuando le dije que había alquilado el piso de arriba. Y el hombre de debajo de mi casa, me miró divertido y dijo: «Otra más, aquí solo vienen mujeres». No llegó a darme más explicaciones.

No me importó. Tampoco tenía muchas ganas de hacer vida social.

En el mensaje del armario me recomendaba no traer a nadie a casa, sobre todo hombres. Yo había sido obediente con esto hasta la noche anterior. Había llegado pronto a casa, estaba inquieta y caminé por el paseo marítimo. Aunque ya era otoño aún hacía calor y tomé algunas cervezas en un karaoke semidesértico, donde unos ingleses entrados en años berreaban canciones de Perales como si entendieran lo que estaban diciendo.

Estaba a punto de pagar la última, cuando Marcos se sentó a mi lado y me preguntó aquello tan manido de qué hacía una chica como yo en un sitio como aquel. Me gustó su conversación y tenía hambre, así que acepté su invitación para cenar en un chiringuito cercano, que también se resistía a clausurar la temporada. Una cosa llevó a la otra. Había sido agradable. Y olvidable. A pesar de la promesa de llamarme cuando nos conocimos, no le costó largarse sin decir ni adiós.

La siguiente tarde visité un pozo bastante lejano. Estaba distraída, el dolor de cabeza de la resaca no acababa de irse y me perdí un par de veces. Volví a casa ya cerrada la noche. Tenía sueño y me dejé caer en el sofá sin quitarme la ropa.

El teléfono fijo me sacó del sueño de madrugada. Estaba empapada en sudor. No corría ni una gota de aire. No recordaba que el aparato hubiera sonado desde que estaba allí. Una voz de mujer me alertó de que tuviera cuidado: «Es muy posesivo, no pases tanto tiempo con él». Después colgó. Supuse que se había equivocado de número, aunque me pareció que me llamaba por mi nombre. No tuve ganas de preocuparme.

El affaire con Marcos debió despertar algo que tenía muy dormido. Estaba un poco ansiosa. Algunas noches me acerqué a la playa. La temporada avanzaba y, con las lluvias de octubre, hasta los ingleses se habían ocultado. Aún me quedaban semanas hasta completar mi trabajo y, por primera vez en mucho tiempo, me sentí sola.

Anoche, sentada en el sofá, con el portátil a un lado y sin ganas de redactar informes, llamé a Roberto. Me había prometido no hacerlo más. Durante el divorcio me sirvió de apoyo. Saber que solo puedo contar con él para un revolcón me hace sentir desgraciada. Como imaginaba, no se hizo de rogar. Apareció, eso sí, muy tarde, y me recordó que se marcharía en cuanto yo me durmiera, como hacía siempre.

Así que he vuelto a despertarme sola en el sofá. Aunque ha tenido el detalle de dejarse el cinturón. Querrá que le sirva de excusa para volver otro día.

Estoy esperando a que amanezca. No me gusta conducir de noche. Hojeo un periódico gratuito que subí hace unos días. En una de las páginas de sucesos encuentro la foto de Marcos con un aviso de «Se busca». Dice que desapareció unas semanas atrás. Tengo en la mano el teléfono para llamar al número que se anuncia. No me decido a marcar. Entre los cojines del sofá estoy viendo asomar la tela de la camisa roja que vestía. No sé si tirar de ella.

Ana

 

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