Ana

45. El momento pasa

Cada mañana la ve en el metro. Sale del vagón arrastrada por el gentío que se dirige sin orden al otro andén para hacer transbordo. Entonces él puede ocupar un asiento de los muchos que quedan vacíos. Saca el libro que siempre lleva en el maletín, entre los formularios a medio rellenar. Aprovecha las paradas hasta su destino para apurar unas páginas.

La primera vez que la vio llegaba tarde. Se había dormido después de una noche casi en vela, otra vez agobiado por el insomnio. Había encontrado sitio para colocarse junto a la puerta. Ella le pidió que la dejara salir, con una amabilidad inusitada a esas horas y sonrió cuando él murmuró una disculpa. La vio deslizarse entre los otros pasajeros, con la habilidad de quien ensaya lo mismo todos los días.

La segunda había cogido a propósito un tren posterior al suyo. Tenía que hacer una gestión en otra oficina que no abría hasta las nueve. Esta vez estaba colocado junto a los asientos, dejando espacio de sobra a los viajeros que se apeaban. Ella pasó por su lado, volvió la cabeza y le sonrió. Y se alejó tranquila, sin dejarse engullir por la muchedumbre.

Desde ese día empezó a coger aquel tren, a pesar de que le hacía llegar con un considerable retraso, lo que le obligaba a quedarse algunas tardes a recuperar horas. Ella, indefectiblemente, le sonreía al pasar a su lado.

Cuando llevaba un par de semanas haciéndolo, se sintió estúpido. No tenía ningún sentido aquel comportamiento adolescente. Nunca había creído en flechazos. Además, llevaba años sin que nadie le llamara la atención. Tras el divorcio sí entró en una fase de vida alegre, donde frecuentó bares, fiestas y citas, acompañado de otros amigos solteros o separados. Después se cansó y, poco a poco, se olvidó de aquello, como si ya se considerara demasiado mayor, no solo para el amor, sino incluso para el placer.

Ella tenía una edad indefinida. A veces le parecía casi una adolescente, y otras no le echaría menos años que a él mismo. No era espectacular, pero tenía algo en la forma de moverse que le atraía. Y sobre todo, le sonreía.

Pensó que quizá sonreía a todo el mundo, era su forma de relacionarse con la vida. La observó a conciencia y comprobó que su semblante aparecía serio hasta que sus miradas se cruzaban, entonces curvaba los labios y se le dibujaban arruguitas al lado de los ojos.

Él no se consideraba demasiado atractivo, aunque se cuidaba porque tenía que tratar con gente. Era comercial y las personas se sienten más a gusto y confiadas cuando uno se muestra agradable, no solo con los actos, también con el aspecto físico. Le parecía extraño que ella se hubiera fijado en su exterior. Tal vez lo confundía con alguien. Sí, tenía que ser eso.

Una mañana bajó en la estación de ella e intentó seguirla. No se movía con tanta fluidez por el andén y cuando llegó al piso de abajo no pudo verla esperando otro metro. Quizá cogió el último o, en lugar de hacer transbordo, salió a la calle en esa estación. No había forma de saberlo.

Durante la siguiente semana volvió a su horario habitual. Era absurdo aquello. Nunca se había sentido capaz de abordar a una mujer una noche de fiesta, menos aún iba a hacerlo en un metro, por la mañana.

No pudo quitársela de la cabeza. En las horas de insomnio, que a menudo ocupaban sus noches, la echaba de menos. Trató de identificar qué sentía. El psicólogo le recomendaba separar una a una sus emociones para comprenderlas, aceptarlas y por fin relajarse. ¿Amor? Era imposible. ¿Deseo? No estaba seguro, casi había olvidado la sensación, pero no creía reconocerla. ¿Curiosidad? Sí, eso era. Sentía una inmensa curiosidad por saber por qué ella le sonreía.

Aquel miércoles cogió de nuevo el tren tardío. La buscó inquieto en el vagón del medio, donde ella solía viajar. Decepcionado, se sentó en uno de los asientos que quedaban vacíos. Ella apareció de repente, abriéndose paso a codazos suaves. Y miró un momento hacia atrás, desde la puerta, cuando el pitido que indicaba su cierre empezaba a sonar. Esbozó la anhelada sonrisa y corrió por el andén para alcanzar a la muchedumbre y fundirse con ella.

Sintió una sacudida extraña y un temblor de manos. Tuvo que retroceder a la página anterior para prestar atención a su lectura.

El jueves, cuando las puertas del metro se cerraron, ella se quedó dentro. Caminó con aquella elegancia que la caracterizaba y se sentó a su lado, toda la fila de asientos donde él estaba había quedado vacía. Sonrió y carraspeó, como nerviosa.

—En la siguiente parada hay una cafetería. ¿Te tomarías un café conmigo? —preguntó, en el tono suave que él había imaginado.

—No puedo —se disculpó, sin reconocer su propia voz—. Llego tarde al trabajo. No puedo perder tiempo.

—Ya. —Ella sonrió. Sacó algo del bolsillo y lo removió en las manos, inquieta—. Me encanta ese libro que estás leyendo. Es uno de mis favoritos —señaló.

Se puso de pie cuando la megafonía anunció la siguiente estación. Le ofreció un trozo de papel doblado y algo arrugado.

—Llámame o mándame un whatsapp… Me llamo Estela.

Tropezó al salir, con otros viajeros que pugnaban por entrar. Parecía no dominar aquella parada.

Abrió el papel y observó los números escritos en tinta azul, muy separados unos de otros, como si quisieran ocupar todo el espacio, pretendiendo ser importantes. Estuvo mirándolos mucho rato. Dándole vueltas a la hoja, buscando alguna letra más escrita. Hasta que el tren se detuvo en su estación. Entonces lo arrugó y lo tiró a la papelera.

Ana

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Un comentario sobre “45. El momento pasa

  1. Carpe diem, carpe hora. Hay trenes que solo pasan una vez, por eso es bueno tener a mano el billete. Como yo, que ya compré el que me lleva a vuestro siguiente relato semanal. Un saludo.

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