Amelia

44. Prejuicios

Hay poca gente en la cola de la caja: una señora  a la que ya están cobrando, un negro (siempre me he negado a llamarlos “hombres de color”) con unos refrescos y una docena de huevos y un par de adolescentes con todo tipo de guarrerías. Deposito mi compra en la cinta y espero a que la cajera realice su trabajo. Teclea a una velocidad de tortuga, con sus uñas de longitud kilométrica, decoradas con florecitas.

Escuchamos unos gritos y nos giramos, sorprendidos. De la zona de perfumería viene un hombre alto y rubio, trajeado y con corbata, que lleva un niño lloroso en brazos. Detrás de él, una señora desgreñada, mal vestida, con pinta de no haberse lavado en días, levanta los puños y chilla:

—¡Devuélvamelo! ¡Me ha quitado a mi nene!

El hombre no le dirige la palabra. La cajera nos dice que esperemos y cierra la caja. Ni que quisiésemos robar la exigua recaudación de este miserable supermercado. A este paso no llego al partido de fútbol. El guardia de seguridad, que siempre está apostado en la puerta, hoy ha desaparecido.

—A ver, por favor, ¿quiere dejar de gritar? ¿Qué pasa? —les pregunta a los dos, cerrándoles el paso como puede.

—¡Me lo ha robado! ¡Devuélvamelo! —exige de nuevo, alargando los brazos hacia el hombre.

—Usted está loca —contesta, sin perder la compostura, apartándose de ella—. Disculpe, pero este es mi hijo.

Los adolescentes deciden largarse y dejan la compra encima de la cinta, que se pone en marcha y amontona los productos. Yo me quedo allí plantado, esperando a que se solucione el asunto.

La cajera retuerce los rizos morenos de la coleta con nerviosismo y le coge la criatura al hombre.

—Señora, ¿este chiquillo es suyo? —pregunta, con evidentes muestras de incredulidad.

Pos claro, es mi churumbel. El quinto ya, mío y de nadie más. Ese hombre me lo ha quitao —grita, con desesperación.

—No sabe lo que dice. Es mi hijo —enfatiza el posesivo—. Hemos estado en el parque de arena y hemos venido a comprar. Mi mujer está esperándonos en casa —contradice, muy tranquilo.

Miro al crío, que no para de llorar, ahora en brazos de la cajera. Ojalá alguien haga que se calle de una vez y le limpie los mocos, que le cuelgan hasta la camiseta. Es azul claro, un poco sucia y descolorida. Lleva un pantalón corto de color rojo y va descalzo.

—Miren, yo no quiero problemas. Estoy sola en caja y no puedo desatender a los clientes. —Cuando dice clientes, nos mira al negro y a mí, como esperando que digamos algo—. Voy a llamar a la policía.

A la mujer mugrienta se le descompone la cara y niega con la cabeza. En ese momento entra el guardia de seguridad, un tipo musculoso, con el pelo cortado a cepillo y semblante serio. La mujer lo ve y exclama:

—¡No hace falta! Ya dejo lo que llevo… —Comienza a sacarse productos de debajo de la falda—. Pero es mío, mi Jonathan. Además… ¡Ese hombre me conoce! —me señala a mí.

—¿Conoce a esta señora de algo? —El guardia me mira de arriba abajo y cruza los brazos—. Es importante para la investigación.

—Yo no sé quién es esta señora —contesto, asustado. No quiero problemas con gente de esa calaña.

Usté, usté, es mi vecino. Yo vivo en el tercero y usté en el quinto —continúa señalándome con sus dedos sucios.

Vuelvo a negar con la cabeza y protejo mi compra.

—No sé de qué me habla. No somos vecinos. No la conozco.

La cajera y el guardia de seguridad no saben qué hacer. Nos miran, de manera alternativa, a cada uno de nosotros: a la mujer morena (no sé si por el sol o por no lavarse); al crío rubio, lloroso y mocoso; al hombre alto y trajeado; a mí, que he puesto cara de no-me-metáis-en-vuestros-asuntos; y al negro, que ha dejado su compra y atraviesa la puerta acristalada.

—A ver, vamos a hacer una cosa —comienza a decir la cajera, con los brazos en jarras—. Llamamos a la policía y ponen una denuncia. Seguro que, mientras, llaman a los Servicios Sociales o algo así y ellos se encargarán del nene hasta que se aclare el asunto.

—Me parece bien. Se demostrará en seguida que yo digo la verdad. Mi hijo no pasará ni un minuto en Servicios Sociales —dice el hombre, acariciando la cabeza del chavalín, más sucia todavía que su camiseta.

—No, no, es mío y yo me lo llevo pa mi casa, con la Sara y la Jessi, el Jose y el Kevin —grita la señora, con los ojos húmedos.

—¡Ajá! Ya lo tengo claro —exclama el guardia de seguridad, seguro de sí mismo—. Esto es como el juicio ese de la Biblia… Seguro que este señor es el padre, porque no le importa que llamemos a la policía ni a Asuntos Sociales. Así que el niño para él.

Lo dice, orgulloso de la idea que ha tenido. Y eso que no sabe ni que se está refiriendo al juicio de Salomón. Yo asiento:

—Está claro. Es de este hombre. Además, el parecido es indiscutible. Los dos son rubios.

La mujer despeinada nos mira con terror.

—¡Mi Jonathan!

El hombre se va del supermercado con el chiquillo en brazos, sin haber comprado nada. La presunta madre se queda allí plantada y comienza a llorar. La cajera me cobra y me voy a casa con la parienta, que me está esperando para ver el partido de fútbol.

—¿Dónde te has metido? –me increpa—. Mira que para ir a comprar unas cervezas y unas papas te has tirado un montón de tiempo en el súper.

No digo nada, solo farfullo un par de excusas como que la cajera es una lenta con esas uñas de porcelana que lleva.

En el descanso, mi mujer se va a bajar la basura. Cuando vuelve, me dice:

—¿Sabes lo que ha pasado en el súper? Que a la Paqui, la del tercero, un hombre todo elegante le ha robado el niño pequeño. ¡Y nadie lo ha impedido! Hay que ver cómo está el país.

La miro y le digo que me deje continuar con el partido. Seguro que Jonathan va a estar mejor ahora, con un señor limpio y decente, y no con la Paqui, que ni se lava ni se peina. Además, así un niño ruidoso menos en el edificio.

Amelia

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Un comentario sobre “44. Prejuicios

  1. Qué peligro tienen los supermercados. Qué mala leche algunos, los niños lloran, aunque sean mocosillos y faltos de un agua. No me imagino la venganza bíblica de esta señora despechada. Da para otro relato cuando la pobre llamara a los primos y le hicieran una visita al de los ojos azules. Chacho, trae el niño pa’cá.
    Un saludo.

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