Ana

43. Ola de calor

—¿Quieres encender de una vez el maldito aire? —la increpa Nacho, sin moverse del sofá.

Laura pulsa los botones del mando. El aire no sale, el aparato se mantiene mudo.

—¡Lo estoy intentando! —grita a su vez—. Esto no funciona. ¿Has limpiado los filtros?

Nacho protesta, dice que no es cosa suya.

—Nunca es cosa tuya —continúa gritándole—. Esta es tu casa solo para ver la tele.

Echa un vistazo al termómetro situado sobre la vitrina. Marca 30 grados en el interior y más de 40 fuera.

—¿Y el ventilador? —pregunta él sin mirarla.

—Lo llevaste a casa de tus padres, ¿recuerdas? “Nosotros ya no lo necesitamos con ese aparato de aire tan caro que te has comprado” —dice, imitando su tono.

Nacho ni siquiera levanta la cabeza. Tiene la vista fija en la pantalla de la tableta. Juega al Candy Crush. La tele también está encendida. Laura la mira un momento, mientras coge una botella de agua fresca y da un trago. La imagen está detenida. Como a Nacho no parece importarle se encoge de hombros y no dice nada. Le acerca una cerveza antes de que él la pida.

—Voy a preguntarle a Rosa si tiene un ventilador de sobra.

Él no contesta. Solo toma un trago de la lata y sigue absorto en el juego.

Sale al rellano. Antes de golpear con los nudillos la puerta de su vecina se oye al pequeño Joan llorando y unos pasos en la escalera. Rosa sube con el niño en brazos.

—No se puede salir a la calle —exclama al verla.

—Sí —asiente Laura—. Este calor es insoportable.

—No —dice Rosa mientras saca las llaves, al tiempo que intenta mantener quieto a su hijo, que se revuelve—. No se puede literalmente. La puerta está como atrancada. Ven, coge a Joan, voy a llamar al Administrador para que mande un cerrajero.

Entran al piso.

—¡Uf! Aquí todavía es peor que en mi casa—exclama Laura—. Mejor cerramos la ventana —sugiere acercándose para hacerlo ella misma—. Solo entra aire caliente.

Rosa asiente y acciona el ventilador. Joan se ha quedado un momento callado mientras juguetea con el collar que rodea el cuello de Laura. Esta le besa despacio en la mejilla y trata de hacerle cosquillas para que se ría. Tiene el cabello pegado por el sudor. Se sienta en el sofá y deja al niño a su lado. Mira a Rosa, que mueve la cabeza desconcertada.

—No hay cobertura. No lo entiendo.

Laura saca su móvil del bolsillo.

—Yo tampoco tengo. Ni siquiera funciona el wifi. ¡Qué raro!

Rosa le acerca un biberón con agua.

—¿Puedes dárselo? Voy a subir a preguntarle a Marcos. A ver si a él se le ocurre algo.

Deja a su amiga dentro y no cierra la puerta. Desde el otro piso llegan las voces de Nacho llamando a Laura. Aún no es medio día y su tono de voz ya delata que lleva demasiada cerveza.

—¡Cállate, anda! —grita Laura detrás de ella.

—¿Seguís igual? —pregunta Rosa mirándola.

—Igual no, peor. —Sacude la cabeza—. Yo no sé cuándo empezamos a gritarnos así. No puedo con él. Desde que se quedó en paro se pasa todo el día ahí tirado, sin hacer nada. ¡No lo soporto! Tengo que decirle que se vaya pero… no encuentro el momento. Ni las fuerzas.

—Luego hablamos, Laura —promete Rosa—. Me lo tienes que contar bien. No puedes seguir así.

En el piso de arriba pulsa repetidamente el timbre de Marcos. No hay respuesta.

—¡Marcos! ¡Vamos, despierta! —grita, y golpea la puerta—. ¿Se te han pegado las sábanas? ¿Qué pasa? ¿Ligaste ayer? —Sonríe—. ¡Qué envidia me das! Ni me acuerdo cuándo fue la última vez que yo ligué —añade en voz baja.

La puerta que se abre es la de al lado. Se asoma una mujer apoyada en una muleta.

—¿Qué pasa, Rosa? ¿Qué son esos gritos?

—Perdona, Isabel. Quería despertar a Marcos.

—Creo que trabaja hoy. Me contó que tiene guardia algunos domingos.

—Tú tienes teléfono fijo, ¿verdad? Es que no hay cobertura y tenemos que llamar a un cerrajero. No consigo abrir el portal.

—Sí, claro. Ya sabes. Desde la caída lo mejor es tener de todo para avisar a la familia cuanto antes. Y yo no me aclaro demasiado con esos aparatos modernos.

—¡Es verdad! Perdóname. ¿Cómo estás?

—Pues, aguantando. Esperando que se cure bien y con muchos dolores. ¿No se puede abrir el portal? No salgo desde la semana pasada, que fui al médico con mi hijo. Sola no me atrevo a salir, me cuesta demasiado subir las escaleras.

—Bueno, sabes que puedes llamarnos a Laura o a mí cuando quieras. Siento no pasarme tanto como antes, pero tengo mucha faena últimamente.

—¿Y Joan? ¿Cómo está ese diablillo? Lo echo mucho de menos.

—Ya. Si yo te lo dejaría de vez en cuando. No sabes lo bien que me venía que lo cuidaras. Pero desde que aprendió a andar no para quieto ni un momento. Me sabe mal que puedas hacerte daño por su culpa. ¿Puedo llamar entonces?

—Claro —dice invitándola a pasar. Camina despacio por el largo pasillo. En el comedor coge el teléfono y se lo acerca al oído—. ¡Qué raro! No hay línea.

Rosa se acerca y lo comprueba ella misma, desconfiada. Tiene que darle la razón.

Isabel se ha sentado en una silla, cerca de la ventana. Mueve un abanico para hacerse algo de aire, por la cara le resbalan gotas de sudor.

—¿Por qué no se lo dices a ese chico tan amable del primero? Seguro que avisa a alguien por el ordenador. Sabe mucho de eso. A mí me hace la compra solo dándole a las teclas. Sube todas las semanas a preguntarme qué necesito.

—No funciona Internet tampoco.

—Es el novio de tu amiga Laura, ¿verdad? Antes los oía reírse mucho y algunas cosas más —dice, un poco apurada—. Ahora solo discuten. No sé qué le pasa a esa chica. Siempre está enfadada. Con lo amable que es él.

Rosa arquea una ceja, aunque no dice nada. Se acerca a la ventana y mira a la calle.

—Tendríamos que llamar a alguien desde aquí —propone. Abre la ventana. El viento sacude algunas revistas que hay sobre la mesa—. ¡Qué aire más caliente! —exclama con disgusto.

Mira a un lado y a otro. La calle está desierta. Es casi mediodía y el sol cubre las dos aceras. Rosa espera a que pase alguien. Solo pasan los minutos y en su expresión empieza a aparecer el pánico.

Miguel observa su rostro y sonríe. Le encanta Rosa. Es muy expresiva. Mira al otro monitor y ve a Nacho, que se ha levantado del sofá y va dándole manotazos a las puertas de los armarios de la cocina. Parece que está buscando cervezas, debe haberse acabado la provisión de la nevera. ¡Ese hombre es una mina! Tiene unos cambios de humor que no son normales. Es tan imprevisible que solo con él tendría para un programa entero. Es una lástima que Marcos haya quedado fuera. Con la provocación adecuada habrían montado un buen espectáculo. Cree que Marcos está un poco enamorado de Laura.

Se ha pasado semanas observándolos. Aprendiendo sus rutinas, indagando en sus vidas. Poner las cámaras en casa de Isabel fue lo más difícil. La mujer no sale apenas. Al final tuvo que mandar a alguien que se inventara una revisión del gas y le diera palique para tenerla distraída mientras los operarios trabajaban.

El viento de poniente que sopla crea un ambiente impagable. Dicen que ese calor tan seco propicia comportamientos violentos. El aislamiento y la sensación de estar atrapados harán el resto. Es probable que alguna asociación proteste por la utilización del niño, pero a los espectadores les encantará el nuevo reality, está seguro. A la gente le gusta ver las miserias cotidianas. La audiencia de Al límite, en casa está garantizada.

Ana

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