Amelia

42. Ensaladas, huevos y raciones

Llegué a la ciudad en el cercanías, algo nerviosa por empezar con mi nuevo trabajo. Para no ir con prisas, había llegado en un tren que me permitía tomarme un café con tranquilidad y llegar con desahogo.

Salí de la estación y atravesé un par de calles llenas de bares malolientes en cuyos carteles se leían los menús y las ofertas del día. Fui mirando de uno en uno y me paré justo frente a uno que no tenía mala pinta. En la pizarra, escrito con letra pulcra, decía: «Ensaladas, huevos y raciones. Café con leche más cruasán 2,5 euros».

El olor que despedía aquel lugar era agradable. A café recién hecho, no a achicoria requemada como los otros. Me senté en una mesa alta y dejé mis bártulos apoyados contra la pared.

—Buenos días, bonica. ¿Qué se te ofrece?

—Pues… No sé. ¿Qué tal el café con leche y el cruasán? —Aunque sabía que no debía, no pude resistirme.

—¡Marchando! No te arrepentirás, bonica. Tenemos los mejores cruasanes de la ciudad.

Observé cómo se iba. Tendría unos cincuenta años y andaba con paso ligero. Con apenas canas, llevaba un delantal que fue blanco y ahora un poco amarillento.

Volvió al poco rato con el mejor café que he tomado nunca. Suave, humeante, con sabor a café de verdad, que me hizo salivar cual perro de Pavlov. Con la espuma de la leche había dibujado un corazón. Me guiñó el ojo al servírmelo.

—Estoy seguro de que vas a volver.

Por supuesto que lo hice.

Todas las mañanas cogía el tren con suficiente antelación para dejarme caer por allí. Solía regalarme con un café con leche, en el que cada vez dibujaba un diseño diferente con la espuma, y uno de aquellos cruasanes que tenían la mantequilla justa y se deshacían en la boca. Anselmo, el dueño, me reservaba un sitio junto a la ventana. Desde allí contemplaba el trajín de aquel hombre con los pocos clientes que acudían por un desayuno económico como el mío.

—¿Qué tal, Anselmo? ¿Cómo van las cosas? —le pregunté un día.

—Vienen y van, como los suspiros, bonica. La verdad es que hay muchos bares en esta zona y cuesta mucho ir tirando. Además, cuando me haga viejo, no sé qué haré, porque a mi hijo no le gusta nada el bar.

—¿No tienes los mejores cruasanes de la ciudad? —pregunté, mordisqueando el mío, que sabía a gloria.

—Y las mejores ensaladas y los mejores huevos… Y las mejores raciones. Un día tienes que venir a la hora de comer para probarlas.

—Todo se andará. No sé cuánto duraré en este trabajo, estoy sustituyendo a una chica y al mediodía siempre como en el bar de al lado de la oficina. Seguro que vengo.

Pasaron dos meses en los que me convertí en cliente asidua. El olor a café café, los cruasanes de mantequilla y las pequeñas charlas con Anselmo hacían que sobrellevase mejor mis madrugones. Unas veces me hablaba de política, otras de la vida en la ciudad en los años setenta, otras de su difunta esposa, Isabel, una auténtica reina, «como la Católica», bromeaba.

Hasta que, una mañana, tuve que decirle adiós.

—Anselmo, me queda una semana de trabajo. La chica a la que sustituía vuelve a incorporarse. —Me dio la impresión de que se me iban a caer las lágrimas (y a él también).

—Vaya, bonica, es una lástima. Me había acostumbrado a verte todas las mañanas… —suspiró, detrás de la barra, dándole brillo a las tazas—. Pero tienes que venir a probar las ensaladas y los huevos rotos con jamón. Son los mejores de la ciudad.

—No te preocupes, que vendré. Voy cubriendo bajas, así que, ¿quién sabe? A lo mejor me toca volver a la ciudad y no me pienso perder tu comida.

—Prometido, ¿eh?

El día de la despedida fue un poco como si le dijera adiós a mi padre o a mi tío.

—Toma, bonica, un llavero de los que hicimos cuando el aniversario. 25 años que llevábamos abiertos. —Me entregó el objeto como si de una reliquia se tratara. Era un llavero en el que aparecía el nombre del bar “Casa Anselmo”, junto con un dibujo lacado de una sartén con dos huevos y un trozo de jamón.

—Ah, muchas gracias, Anselmo. ¿Esto es para recordarme que tengo que probar los huevos con jamón? —Me reí, aceptándolo de buen grado.

—Claro que sí. Te espero. —Me dio un abrazo como si fuera de la familia.

Tengo que confesar que tardé bastante en volver. Tras cubrir aquella baja, estuve tres meses en el paro, yendo de aquí para allá presentando currículos, pero no se me ocurrió coger el tren para acercarme a la capital.

Hasta que me llamaron de otra oficina para cubrir una baja. El lugar estaba cerca de la estación, así que, el día que empezaba, bajé del tren con la ilusión de volver a ver a Anselmo. Recorrí las dos calles que me separaban del bar y lo vi. Allí estaba, con el mismo letrero, “Casa Anselmo” y la misma pizarra.

Algo había cambiado.

El trazo de la tiza en la pizarra no era el mismo. La letra se veía algo desfigurada. Pensé que Anselmo habría tenido prisa esa mañana por escribir y por eso habría olvidado comas y tildes. Decía: «Ensaladas huevos raciones. Cafe con leche cruasan 2,5 €».

Entré con la esperanza de darle una alegría a Anselmo y, en su lugar, me encontré con una pareja de chinos que me preguntaron qué quelía.

—Esto… Bueno… —dudé—. Pues un café con leche y cruasán.

¡Malchando! —Los dos se pusieron manos a la obra, uno a hacer el café y otro a servir la pieza de bollería.

Cuando la china me sirvió ambas cosas, me atreví a preguntar:

—Oiga, ¿y el señor Anselmo?

Señol Anselmo molil. Hijo vendel bal a nosotlos.

Me quedé desconsolada. Acabé el cruasán, que sabía más a mantequilla que a gloria, y el café, que no estaba malo del todo, pero no era el mismo.

Ese día, aunque era el primero de trabajo, no presté atención a nadie. Mis pensamientos se quedaron en Anselmo y mi promesa no cumplida. Ya nunca iba a poder probar sus ensaladas, huevos y raciones.

Amelia

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