Ana

41. Discreción

¿Quién iba a pensar que el viejo tendría tanta sangre? Llevo gastados tres cubos y aún sale el agua completamente roja. Su hijo me ha dicho que no deje ni rastro. «La sala tiene que quedar impoluta, como si fuera nueva», ha recalcado. Es lo mismo que me ordenaba su padre. Desde el primer día, cuando me dio las instrucciones de mi nuevo trabajo.

Solicitaban una mujer de la limpieza eficiente y discreta. Fui a la entrevista desconfiada. Eso de pedir discreción me sonaba a tapadera. A que en realidad buscaban una señorita de compañía o algo así. Cuando me dijo el dinero que me pagaría por cada hora, pensé que lo siguiente sería sacarme un uniforme descocado. Me ofrecía más del triple de lo que me dan los clientes más generosos. Tenía que haber truco, claro. Y aunque no es que yo sea muy guapa, sí soy resultona. Quizá hasta habría aceptado.

El viejo era bastante desagradable, con un cuerpecillo delgaducho, solo piel y huesos, de donde colgaba la ropa cara y pasada de moda. Te miraba con sus ojos hundidos de una manera, que parecía que te estaba radiografiando. Un día llegué tarde y no me atreví ni a inventarme una excusa. Estaba segura de que se daría cuenta. Así que le dije que me había dormido y me soltó uno de aquellos comentarios micromachistas que tan bien utilizaba. En apariencia me estaba diciendo que no pasaba nada y, sin embargo, me hacía sentir irritada e inferior.

Necesitaban que fuera solo unas horas, los sábados por la mañana. Debía recoger el salón y dejarlo como si no hubiese pasado nada la noche anterior. Y allí pasaba de todo. Me encontraba desde vasos y botellas, a prendas de ropa tiradas y manchas sospechosas. Yo cogía mi estropajo, mi lejía y mis guantes y frotaba sin parar. A veces me encontraba algún billete. Primero pensaba que organizaban partidas de cartas y que el dinero se había caído de alguna mesa de apuestas. Como eran billetes pequeños me los iba quedando. Los consideré una propina. Por mi buen hacer.

Después empezaron las manchas de sangre. Ignoraba si se debían a peleas, a alguna clase de sexo sado o se trataba de ajustes de cuentas. Aunque mi imaginación volaba, yo no decía nada y, como a los trozos de comida pegados o a las vomitonas, les echaba agua, jabón y lejía, por ese orden y desaparecían, estuvieran en el suelo, en la mesa o en los caros sofás de piel.

La semana anterior fui a pedirle al señor que me hiciera un contrato. Me habían dicho que fuera también los viernes y que colaborara en la preparación de sándwiches y otras frivolidades para la cena. El hijo del viejo, con el que sí tenía a veces conversaciones amigables, se había enterado de que estuve trabajando durante bastante tiempo en una empresa de catering, como cocinera. Me venía fenomenal el dinero extra, pero necesitaba de forma urgente volver a cotizar.

Otra vez me ridiculizó y se rio de mí por osar pedirle algo. Dijo lo que pensaba de las chachas y se alejó, accionando el mando de su silla de ruedas. Su hijo me aseguró que intercedería por mí. Ambos sabíamos que era batalla perdida. El viejo lo trataba con tanto desprecio como a los demás.

Esta mañana, cuando he llegado, me ha abierto la puerta demacrado. Me ha dicho que ha habido un terrible accidente. La silla de su padre ha perdido el control y ha caído por las escaleras. «Un golpe terrible, se ha desnucado». Me ha extrañado no ver a la policía. Es posible que tengan alguna especie de seguridad privada. El cuerpo tampoco estaba, pero sí la sangre. «Discreción», me ha pedido. Pertrechada con cubo y fregona he ido limpiando uno a uno los escalones y secando el gran charco del salón.

Esta vez la propina olvidada era un poco mayor que otras veces. Nunca había visto uno de esos billetes morados. Lo he metido en el bolsillo del delantal y he seguido fregando. No acaba de salir la sangre, quizá tenga que probar con un quitamanchas.

Ana

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Un comentario sobre “41. Discreción

  1. Me ha hipnotizado desde el principio, esta vez soy yo el que se ‘queja’ de lo que mis lectores cuando me leen: me ha parecido corto. Por lo demás, bien pertechado. Sutil, progresivo, discreto (si se me permite el guiño). Enhorabuena.

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