Amelia

40. El huerto

—¿Que van a arrasar el huerto de la tía Anastasia? ¡Eso será por encima de mi cadáver! —exclamó Sebastián, enojado—. Voy de inmediato para allá.

Colgó el teléfono y se sentó en el amplio sillón de su despacho. Canceló sus citas de ese día, llamó a su mujer y le dijo que tenía que ir a su pueblo, a «evitar una catástrofe».

Con una muda de ropa en el maletín, cogió el coche en dirección al pueblo. Mientras conducía, sus pensamientos se encaminaron a Otrazola del Río y a su infancia y adolescencia.

El huerto de la tía Anastasia era motivo de orgullo de los lugareños. Gentes de los alrededores se acercaban para ver los árboles frutales que crecían altos y lozanos; los tomates, cebollas, zanahorias y berenjenas alcanzaban proporciones nunca vistas. Su sabor era espectacular y la población podía disfrutar de ellos si colaboraba en el mantenimiento del huerto.

Sebastián había trabajado allí, al igual que casi todos los jóvenes del lugar, en sus años mozos. Recordaba cómo, bajo la atenta mirada de Anastasia, habían aprendido a podar, regar, recortar las hojas muertas, enderezar plantas, eliminar las malas hierbas o cubrir las hortalizas para luchar contra las inclemencias del tiempo. La mujer, de una edad ya avanzada en aquel entonces, decía ocuparse de abonar la tierra y controlar las plagas y enfermedades.

Cuando terminaban de trabajar, les ofrecía una rica ensalada con los productos del huerto, si era verano, o un guiso reconstituyente si era invierno. Gracias al trabajo de aquellos jóvenes, el pueblo disponía de verduras y frutas suficientes para autoabastecerse.

Sebastián se había enterado de la muerte de la anciana, un año atrás, por una reseña en el periódico local. Ocupaba un cargo en la Diputación y recibía la prensa de muchos lugares de la provincia. Nunca pensó  que alguien quisiera expropiar el huerto y convertirlo en un polideportivo. Otrazola del Río no lo necesitaba, ya había uno en el pueblo de al lado.

«¡Maldita sea! ¡Roberto!», se acordó de repente. Un camión que pasaba a su lado tocó el claxon. Pensar en el trepa de Roberto casi le causó un accidente. Su antiguo amigo, nuevo alcalde, seguro que tenía la culpa de todo.

Ambos habían ido a la misma escuela, trabajado en el huerto de Anastasia y estudiado Derecho en la capital. Así como Sebastián había entrado de manera fulminante en el Partido, el recorrido de Roberto había sido más lento. De modo que, cuando vio que el alcalde perpetuo del pueblo estaba demasiado enfermo para ser reelegido, había movido hilos para volver a su antiguo hogar y hacerse un hueco en la política, aunque fuera pequeño.

El BMW de Sebastián avanzó despacio por el camino polvoriento que llevaba a la plaza Mayor. Lo aparcó frente al Ayuntamiento y entró con paso decidido en el edificio.

Dos horas después, no había logrado arreglar nada. Roberto parecía poseído por una extraña convicción de que había que acabar con aquel lugar.

—¡Es el huerto que nosotros mismos cuidamos! —repitió por enésima vez Sebastián, golpeando la mesa de roble con los puños.

—No lo niego, pero necesitamos ese espacio para mejorar el pueblo. Hay pocos jóvenes aquí, no quieren mantener el huerto y, sin los cuidados de la tía Anastasia, se han perdido casi todas las plantas. Los árboles ya no dan los frutos de antes —expuso Roberto, sin alterarse ante la explosión de ira de su antiguo amigo—. El huerto es irrecuperable, así que lo vamos a aprovechar. Mañana mismo vienen las excavadoras a las nueve.

Sebastián salió del Ayuntamiento sin esperanzas. El recuerdo de sus conversaciones con la tía Anastasia volvió a su mente.

Sentados en la cocina, ella los contemplaba comer y les llenaba el plato. Más de uno le había preguntado si no echaba de menos haberse casado o tenido hijos. Una vez, Sebastián se quedó solo con ella y la anciana le confesó:

—Tuve un novio, con el que me iba a casar. Desapareció dos semanas antes de la boda y nunca más supe de él. Luego conocí a varios hombres de los pueblos de alrededor, que quisieron tener algo conmigo, pero no eran buenos. Muchos tenían a una en cada valle y solo querían jugar con nosotras. Así que decidí no casarme nunca y teneros de hijos a vosotros, los jóvenes del pueblo.

Esa explicación le pareció razonable, aunque, tras contárselo a su madre, ella se le quedó mirando y comentó:

—La gente dice que el prometido de Anastasia le ponía los cuernos con su prima. De hecho, los dos desaparecieron antes de la boda. Pobrecita, con el vestido comprado y el banquete pagado. Y los otros hombres… También la dejaron. Nunca tuvo suerte en el amor.

Sebastián se quedó a pasar la noche en la hospedería. No pudo conciliar el sueño hasta altas horas de la madrugada, dándole vueltas a la posible solución para que no destruyeran el huerto.

Despertó, sobresaltado, por el ruido de las excavadoras. «¿Qué hora es? ¿No empezaban a las nueve?». Se vistió deprisa y salió.

—¡Paren! ¡Paren esas máquinas! —gritó como un poseso, apartando a Roberto, que contemplaba, impertérrito, los trabajos.

Los operarios lo ignoraron y continuaron arrancando árboles y plantas. Sebastián se situó delante de una de las excavadoras y abrió la boca para volver a chillar, pero alguien lo hizo por él.

—¡Paren las máquinas! ¡Aquí hay algo! —exclamó uno de ellos.

Se detuvieron y llamaron a Roberto a grandes voces:

—¡Señor alcalde! ¡Mire lo que hay aquí!

Entre la tierra removida y las raíces arrancadas de los árboles pudieron vislumbrar los huesos blanquecinos de varios cadáveres esparcidos por el huerto. Sebastián se acercó y contempló, horrorizado, la calavera que lo miraba con sus ojos huecos.

Amelia.

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