Ana

39. Bien común

—Entonces… ¿no existes?

Leo me miraba desde la cama, tenía la cabeza apoyada en la almohada y el pelo alborotado. Yo daba vueltas por la habitación mientras hablaba, nerviosa. Me hizo gracia su comentario, para venir de un holograma era, cuanto menos, peculiar. Pero tenía razón, en mi actual situación, yo no existía.

—Será un error —me dijo, intentando tranquilizarme—. Ven, túmbate a mi lado.

Obedecí. La superficie del colchón cambió de forma bajo mi peso, sin embargo, bajo la imagen tridimensional de Leo permanecía intacta. Eso, y el sutil resplandor azulado que emanaba, era lo único que lo diferenciaba de una persona real.

Aunque, para ser exactos, Leo sí era real. Solo que nunca podría volver a abrazarme. El Caos nos pilló en ciudades diferentes. También para él yo era un holograma.

Estábamos apenas a 300 kilómetros. Hubo un tiempo en el que esa distancia se podía recorrer fácilmente en una hora. Después del Caos llevaría días y resultaba casi un suicidio, a no ser que contaras con la protección necesaria y eso costaba un dinero que ninguno de los dos tenía.

—Pon una reclamación —continuaba Leo. Se había incorporado y apoyaba su peso en un codo. Con la otra mano me rozaba el pelo. Aunque no lo hacía de verdad, la sensación llegaba a ser muy parecida. La luz emitía cierto calor y casi me producía un cosquilleo.

—He pasado el día haciendo cola en las oficinas laborales. Pensé que no sería más que un error de identificación. Ya sabes que con las actualizaciones el Sistema tiene muchos fallos. Lo único que he conseguido ha sido que un Robocop me tirara a la calle y que los otros ciudadanos protestaran porque les estaba haciendo perder el tiempo.

Leo sonrió. Le seguía divirtiendo que empleara términos de películas de ciencia ficción del siglo XX. Al principio de estar separados, habíamos pasado cientos de horas revisando viejos títulos. Era una de las pocas diversiones que podíamos disfrutar juntos. Me encantaba. Además era un ejercicio descubrir qué cosas, de las que ahora parecían normales, se había inventado el cine.

—¿Tuviste problemas en el trabajo? ¿Discutiste con alguien? —sugirió.

—¡Qué va! Trabajo sola la mayor parte del tiempo. Desde que Emma no está, paso encerrada en el laboratorio casi toda la jornada. Es rutinario. Esta mañana el Sistema me ha denegado el acceso de repente. ¿Y si me van a expulsar? —pregunté, aterrada.

Miré el techo de mi habitación. Lo había pintado de azul y dibujado cientos de puntitos blancos, como si fueran constelaciones. Las había copiado de una película. Contaban que antes podían verse por las noches, a simple vista.

—No seas tonta. ¿Por qué iban a hacerlo? Eres una buena trabajadora. Muy meticulosa en la toma de datos.

—Expulsaron a Emma.

—Se distraía, acuérdate. Tú misma lo decías. Entregaba los informes sin repasar.

—La semana pasada expulsaron a Ignacio.

—¿Quién es Ignacio?

Volví a sentir su mano, esta vez bajaba por mi brazo, trataba de acariciarme. Hice un gesto para apartarle. Calculé mal la distancia y atravesé la luz. La imagen entera de Leo tembló un momento.

—Mi vecino. Te he hablado de él. ¿Te acuerdas? Tenía la casa llena de plantas y a veces me invitaba a cenar, y me contaba cómo era el mundo antes, cuando se podía respirar fuera y tomar el sol sin protección.

—Seguramente es demasiado viejo. Lo habrán retirado.

Retirado. Como a los androides de Blade Runner —una de aquellas películas antiguas—, que eran eliminados cuando la sociedad temía que fueran una amenaza.

Ahora retiraban a los enfermos y a los ancianos. Un eufemismo que todos aceptaban de buen grado. Incluso los propios “retirados”. Se suponía que tenían un final más caritativo que los expulsados, que vagarían por los caminos, sin posibilidad de refugiarse en otra población.

Sabíamos que las ciudades no podían crecer demasiado. Así que, por el bien común, después del Caos se acordó fortificar las urbes y mantenerlas pobladas solo con ciudadanos sanos, productivos y honrados.

—¿Por qué no se despidió? Planeábamos hacer una fiesta.

Leo había dejado de escucharme. Se había quitado la camisa y su imagen pasaba las manos por mi blusa, como si pudiera hacer algo por desabrocharla. Sonreí. A veces hablábamos de incorporar a nuestro sistema de comunicación un módulo de tacto. Algunas amigas lo habían probado y decían que resultaba espectacular. Pero era muy caro. Decíamos de ir a un locutorio, donde se podía usar a cambio de unas monedas. Aunque no resultaba íntimo, las cabinas tenían las paredes muy finas.

Acepté su juego. Raramente me resistía a él. Fui cariñosa y apasionada, como siempre. Quizá menos ingeniosa. Mi mente deambulaba por las posibles razones para mi expulsión.

En los diez años que habían transcurrido desde el Caos, las ciudades estaban cada vez más cerradas y los criterios para estar en ellas se habían endurecido. Yo me consideraba una buena ciudadana y solía mirar para otro lado cuando me parecía inapropiada alguna de las expulsiones. No era de las que participaban en protestas o ponía quejas. Mi único desahogo eran las conversaciones con Leo. Fantaseábamos sobre cómo debería ser el mundo y analizábamos los fallos del Sistema y las injusticias que se cometían.

Me preocupaba no tener hijos y que me consideraran improductiva. Al principio se habló de no permitir elementos unipersonales, pero pronto se dieron cuenta de que el aislamiento era un buen método para controlar la natalidad.

Soñé que Leo tenía razón y solo era un error burocrático. Imaginé a uno de aquellos hologramas de empleados del Sistema, que trabajaban desde la seguridad de sus casas, pidiéndome disculpas y devolviéndome mi existencia.

La luz del amanecer me sorprendió todavía dormida. A esa hora solía estar desayunando. Pero el Sistema no me había despertado, porque yo ya no existía. A pesar de la puerta cerrada escuché los pasos de los Blade Runners que venían a retirarme.

Ana

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3 comentarios sobre “39. Bien común

  1. Mucha suerte en la aventura emprendida con este relato; por mi parte, dar de nuevo mi felicitación, se nota la pericia con los tiempos y la tensión climática. Buen final. Enhorabuena.

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