Amelia

38. Dos pájaros de un tiro

Blanca empezó a recoger sus cosas, sollozando. Sacó la ropa que tenía en el armario de su ahora exnovio, la fue doblando y metiendo en la maleta. Él la contemplaba, impasible, sentado en la cama.

La joven meneaba la cabeza y se secaba las lágrimas con un pañuelo cada vez más sucio. No podía entender lo que había pasado. Eran felices hasta hacía dos días, se entendían como nadie, hasta que tuvo que morir el gato. El puto gato. El puto gato de los cojones.

Llevaban ocho meses juntos. Le había costado algo cambiar su rutina: antes vivía y trabajaba en el centro de la ciudad, ahora tenía que coger el metro para llegar a tiempo a la oficina; antes cocinaba para una persona y ahora debía hacerlo para ella, su novio y la hija de este. Poco a poco, había ido dando por consolidada una relación con un tío fantástico, cuyo único “defecto” era tener un gato. Y Blanca era alérgica a los gatos.

Momo campaba a sus anchas por el dúplex. Era dueño y señor del sofá, de la cocina y del balcón. La hija de Jaime, Elena, decía que lo adoraba, aunque eso solo era los días que le tocaba vivir con su padre. El resto, ni caso. Ni cuando el gato se cayó por el balcón y se rompió las dos patas traseras, la niña había preguntado cómo estaba o se había hecho cargo de él.

Cada vez que llegaba a casa, Blanca sentía picor en los ojos, comenzaba a moquear y no podía parar de estornudar. De manera disimulada, le había sugerido a Jaime deshacerse del gato.

—¡No! ¡Ni hablar! Me hace compañía y Elena lo adora, el gato no se va —se había negado Jaime.

—Pues cada vez que llego me lloran los ojos y no puedo ni respirar —había argumentado Blanca—. Algo tendremos que hacer.  Regálalo o véndelo.

No hubo éxito. Ella pasaba más tiempo en casa que la niña y el gato seguía allí, mirándola desafiante desde su manta en el sofá. Y Elena llegaba, acariciaba al gato, le daba de comer en la mesa (cosa que a Blanca le daba asco) y después se iba con su madre, sin importarle qué pasaba con el animal.

Ni siquiera Jaime se hacía cargo de Momo. Luisa, la limpiadora, llegaba todos los días y, además de poner lavadoras y lavavajillas, llenaba de agua y comida los platitos de la mascota.

Esa misma tarde, al llegar de trabajar, Jaime había encontrado al animal muerto, al lado de su caja de arena, en medio de un charco de pis. En cuanto Blanca había traspasado el umbral, habían comenzado las acusaciones.

—Vendré a recoger el resto mañana —balbuceó la joven, tras cerrar la maleta.

Miró a Jaime, que parecía ausente, ajeno a sus lágrimas.

—Jaime, yo no le he hecho nada al gato, te lo juro —trató de explicarse, una vez más—. Habrá tragado algo por error y por eso ahora está…

—¡Muerto! ¡Está muerto! —exclamó—. Odiabas a ese gato y lo has envenenado. Llevaba dos días que se hacía pis encima, andaba mareado y vomitó varias veces.

—¿Por qué crees que he sido yo? —preguntó, intentando que entrara en razón—. Han podido ocurrir muchas cosas, yo…

—Elena dice que te vio echarle algo en la comida, no lo niegues.

—¿Qué estás diciendo? ¡Le puse de comer! Como no se comía lo que había en el cuenco, le cambié la comida. ¿Crees en una estúpida niña malcriada? —escupió Blanca, harta de las acusaciones.

Se dio cuenta de que había perdido la batalla, ante la mirada de indignación de Jaime. Se marchó en silencio, sin despedirse.

Al día siguiente, Luisa llegó y sacó la aspiradora, para hacer todo el ruido que pudiera. Era sábado y estaba segura de que la novia de Jaime estaría durmiendo, ya que no trabajaba. Odiaba a aquella chica. Era una pija estúpida, Jaime se merecía algo mejor.

Vació el cesto de la ropa sucia y encontró aquello que le daba más tirria de todo: la lencería sexy de la joven. Detestaba coger uno a uno los tangas de hilo dental, los sujetadores de encaje y los ligueros y meterlos en la lavadora. Además, Blanca no hacía más que entrometerse en sus labores: que si no pongas tanto suavizante, que si lávame esto o aquello, que si no has limpiado las ventanas… Una vez, por pesada, le había encogido un carísimo jersey de moaré rosa, a pesar de las explicaciones de Blanca sobre el correcto lavado de la prenda.

Entre aquella chica y el maldito gato iban a acabar con su paciencia. Odiaba dar de comer a aquel ser peludo que no hacía más que ensuciarle el suelo con sus patitas, justo cuando acababa de fregar.

Al llegar a la habitación, vio una nota de Jaime: «No le pongas comida a Momo. Murió ayer. Lava la ropa de Blanca, pero no la metas en los cajones. Ya no estamos juntos».

Luisa sonrió. Por fin las cosas estaban saliendo bien. Llevó el cesto de la ropa sucia hasta la lavadora y la puso en marcha. Tenía que pedirle a Jaime que comprara más suavizante. No había sido fácil engañar a Momo para que comiera aquel pienso que le sabía tan raro, con pequeñas dosis de suavizante, pero lo había logrado. Así había matado dos pájaros de un tiro.

Amelia

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