Ana

37. Pez globo

Aquí estoy, flotando de espaldas en la piscina de mi casa. Muerto. Hinchado. Parezco un pez globo de esos de los que Míriam lleva días hablándome. Dice que son una delicia japonesa.

Ya se necesita ser patético para morirse boca arriba en una piscina. Si es que siempre he tenido mala suerte. Con lo bien que había empezado la mañana. Un poco de sexo. Un ratito para remolonear en la cama. Un mensaje cariñoso en la almohada. El desayuno preparado esperándome en la cocina. Si es que mi novia es un encanto. Y que salga de casa temprano, una ventaja.

Lo tenía todo para que el día fuera perfecto. Pero no ha podido ser. He empezado a notar calambres en el estómago y un hormigueo en brazos y piernas. Cuando estaba llegando a casa ya me costaba respirar. No he acertado con la cerradura, y eso que aún había un poco de luz. Y hacia atrás me he ido, dando traspiés, hasta caer de espaldas en la piscina. Yo creo que antes de tocar el agua ya había muerto, porque no recuerdo la sensación de mojarme. Es lo que pasa cuando te mueres, que no acabas de sentir las cosas.

Me pregunto quién me encontrará aquí. Míriam no venía a dormir esta noche. Supongo que la señora de la limpieza se llevará un buen susto mañana.

Con lo feliz que yo estaba. Allí, en la cocina, escuchando rock en la radio y untando tostadas con esa deliciosa mermelada casera que prepara Míriam. ¡Es un sol! Mientras echaba un vistazo al Facebook mi amigo Marcos me ha mandado un mensaje para comer y hablar de cosas importantes. Siempre estamos maquinando algo que va a cambiar nuestras vidas.

Quién iba a decirme que las tres cervezas de más que nos hemos tomado juntos iban a ser las últimas. ¿Estarían en mal estado? ¿Se puede uno morir de intoxicación con cerveza? Porque ha sido aproximadamente a esa hora cuando he empezado a notar el dolor de estómago. Mientras le contaba a Marcos la buena nueva: ¡Han aceptado mi solicitud de beca para irme de prácticas a Brasil!

Esa ha sido la sorpresa que casi ha hecho que se me derramara el zumo de naranja encima del portátil. Justo antes de ir a la ducha he abierto el correo y casi se me pasa el mensaje, pendiente desde ayer en la bandeja de entrada. ¡Buah! Tiempo me ha faltado para llamar a todo el mundo y contárselo. Menos a mi madre, que creo que no se va a poner muy contenta. Y a Míriam, que tampoco se va a alegrar nada.

Pensándolo bien, es raro no haber sabido de ella en todo el día. De normal me manda WhatsApps siete u ocho veces diarias. Hoy solo ha habido uno de buenos días, con un comentario picante sobre nuestro despertar de un par de horas antes, y luego nada. Ni cuando le he mandado la foto del plato de ravioli que estaba a punto de comerme.

—Creo que está enfadada —le he dicho a Marcos mientras miraba la pantalla del móvil esperando una respuesta que no ha llegado—. Me da que ha visto el correo de la beca. Es un poco fisgona, no me gusta que lo haga, pero a veces me cotillea los mensajes, como esperando que tenga por ahí una amante.

—¡Cuánto te conoce! —se reía Marcos—. Hace bien en desconfiar.

—¡Qué va! —he rechazado, sustituyendo la cerveza por un agua con gas, a ver si desaparecía la molestia del estómago—. Desde que estoy con Míriam no he estado con ninguna otra, ni mirarlas. Si no hace falta, es una fiera en la cama, no tengo queja.

Marcos ha vuelto a soltar una carcajada y a dar otro trago a su bebida. Yo no podía, empezaba a sentir cómo se me entumecían los labios.

Lo cierto es que Míriam no tiene razones para desconfiar de mí en Valencia, pero sabe bien que Brasil no es lo mismo. ¡Ocho meses en las playas cariocas rodeado de cuerpos exuberantes! Lo hablamos y se mosqueó bastante. Me reprochó que no solicitara el proyecto nipón que también se ofertaba. ¡No hay color! Entre las japonesas y las brasileñas, ¿qué voy a elegir?

Aunque, en el fondo, ninguno de los dos apostaba por que me dieran la beca. Parecía imposible. Mi expediente no es muy brillante.

Así que no iba desperdiciarla. Es una buena oportunidad para un Ingeniero de Caminos, porque en España no se encuentra trabajo ni a la de tres. Como mucho, me ha salido alguna clase particular a niñatos de primero.

—No le des disgustos a Míriam —decía Marcos, mientras me daba unas palmadas en la espalda para despedirse—. Es una buena tía, pero muy celosa, y aún no ha perdido la esperanza de reformarte.

Sí, celosa, eso me advirtió la amiga común que nos presentó. «Sois como la llama y la madera seca. Algún día la harás estallar».

Quizá he subestimado las buenas notas en química de Míriam. Menudo cóctel: mermelada casera, celos y la toxina del pez globo. Ahora lo veo todo claro. Y yo que creía que me estaba preparando una fiesta sorpresa en un restaurante japonés.

Ana

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Un comentario sobre “37. Pez globo

  1. Por eso me gustan más las lentejas que el shusi, aunque he de decir que este plato está bien cocinado y no me importará repetir, voy a ver si lo marido con un buen vino, aunque de vinos creo que en vuestra bodega literaria tenéis un excelente reserva, si la memoria no me falla… Enhorabuena.

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