Amelia

36. Nuevas tecnologías

—Chicas, no sé qué hacer con mis alumnos —suspiró Bea—. Me cuesta mantener su atención. Soy nueva en el colegio y lo he intentado todo.

 Las tres amigas llevaban un rato charlando sobre sus cosas en la terraza de un bar, como acostumbraban a hacer, al menos, una vez al mes.

—¿Y eso? ¿Tienes problemas con ellos? —inquirió Teresa, apurando la cerveza. Le hizo un gesto al camarero para que le sirviera otra—. Yo en el mío estoy de lujo, con esto de las nuevas tecnologías.

—Me ha tocado una tutoría un poco dura. Los he puesto en grupos de cuatro para que trabajen de manera cooperativa y es difícil que algunos alumnos participen —se quejó Bea—. Y eso que les digo que practiquen por parejas y luego voy sacando palitos con sus nombres para evitar que siempre salgan los mismos.

—¿Eso haces? —interrumpió Teresa—. Un poco anticuado, ¿no? A mí me va genial con las pizarras digitales y el mando a distancia 2.0. —Ante la cara de extrañeza de Bea, continuó—: ¿No tenéis? Es genial.

—¿Mando a distancia 2.0? ¿Y eso qué es? En mi colegio aún hay pizarras de esas verdes, en las que escribimos con tiza.

—Claro, es lo que tiene trabajar en un colegio público y, además, en las afueras —afirmó su amiga—. Te lo enseñaría, pero no lo puedes sacar del aula. Va de maravilla. Los niños llevan un microchip implantado y les hacemos hablar en clase pulsando los botones del mando.

—¿Qué me estás contando? —Se maravilló Bea.

—¡Yo también tengo! —exclamó Mariajo, que hasta el momento se entretenía con las aceitunas rellenas de anchoa—. No hace falta pedir voluntarios. Si quieres, por ejemplo, que el niño número 13 de la lista hable, pulsas 13 en el mando y le das a play. Para que se calle, pulsas stop. Si le quieres poner un punto positivo, le das a favorite y si debe repetir lo que ha dicho, presionas repeat.

—Y eso de poner un chip, ¿no está prohibido? ¿Cómo os han dejado los padres?

—Están encantados. Se usa en muchos colegios. Es muy útil para dar clase con tranquilidad —continuó explicando Mariajo—. Cuando suena el timbre, pulsas exit y los niños recogen las cosas y salen del aula, en una fila perfecta, ¡y en silencio!

—He oído que van a sacar una versión 3.0 con un botón de mute colectivo. ¿Te imaginas? —exclamó Teresa.

—¿Cómo que mute colectivo? ¿Qué es eso? —Bea estaba fascinada y escandalizada a la vez por lo que oía.

—Ahora, con la versión 2.0, si pulsas el número de un alumno y el botón mute, el niño se calla —precisó Teresa—. Durante la intervención de uno, solo puedes hacer que calle otro. Con el mute colectivo, logras el silencio de toda la clase. ¿No es alucinante? Podremos explicar sin interrupciones solo pulsando un botoncito.

—Sí, y otra cosa más —Mariajo se encendió un cigarrillo y le dio otro a Teresa—: También dicen que modularemos el volumen y, si disponemos de pizarra digital o tabletas, veremos los subtítulos de lo que dice el alumno. ¡Será fantástico! Por fin escucharemos a los niños que hablan bajito o a los que tienen problemas en el habla. Así se podrá saber lo que están diciendo, mirando la pantalla.

—Y eso… costará mucho, ¿no? —preguntó Bea, que apenas había tocado su cerveza—. No lo imagino en los colegios públicos como el mío. No creo que el Ministerio tenga tanto dinero para pagar algo parecido.

—La verdad es que los padres han hecho un desembolso bastante cuantioso, así como la Dirección del colegio. Eso en el mío, claro —matizó Teresa—. Como es concertado…

—En mi cole lo ha pagado todo la AMPA. Y están como locos esperando a que llegue la versión 3.0. Están creando una aplicación para que los padres utilicen los móviles como si fuera el mando en sus propias casas —aseveró Mariajo.

Cuando Bea se despidió de sus amigas, un par de horas más tarde, comenzó a pensar en aquel artilugio. La verdad, tenía que ser toda una experiencia poder dar clase sin interrupciones.

Varios días después, el bedel le entregó una circular. En ella se informaba de la elección de su colegio por parte del Ministerio para implantar el microchip en los alumnos y así mejorar el rendimiento académico. Era un proyecto que el Gobierno de turno deseaba promover. Cada aula de su colegio contaría con un mando a distancia 3.0 en menos de un mes.

Entró en clase y observó a sus alumnos. Unos reían y hablaban mientras otros sacaban los libros o corrían a sentarse. Dos se estaban pegando con la regla, a modo de espadachines. Por un momento se los imaginó sentados de manera ordenada, callados, esperando a que ella hablase. En cuestión de segundos, desechó aquella sensación de comodidad que se estaba adueñando de ella.

Fue hasta su mesa y pidió silencio en clase como solía hacer: levantando la mano y esperando a que hicieran lo mismo. Con algunas risitas de fondo, les habló:

—Hoy no vamos a estudiar Matemáticas. Quiero que hagáis lo que queráis. Podéis elegir.

Acto seguido, sacó del armario el reproductor de música y sintonizó una cadena de moda, ante la sorpresa de los niños. Distribuyó pinceles, pinturas y algunas cartulinas entre los alumnos que las iban pidiendo y dio permiso a otros para que se levantaran y buscaran un libro en el rincón de lectura.

«Vamos a disfrutar lo que nos queda de libertad», se dijo. «Ya habrá tiempo para ponerse a estudiar».

Amelia

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