Ana

35. El último ingrediente

El anciano cerró la puerta de su cabaña. Suspiró aliviado. Por fin estaba solo. Había sido un día agitado. La región padecía una epidemia de gripe. Los pacientes suplicando una pócima para calmar la tos, bajar la fiebre o expulsar mucosidades se habían multiplicado. Al viejo le gustaba ser todavía útil. Sobre todo, le encantaba saber que la mayoría de los enfermos preferían golpear su puerta que hacer cola en el dispensario médico que les administraba pildoritas de colores, supuestamente milagrosas.

En realidad, sabía que los remedios no eran muy diferente. Él recogía plantas, las secaba o las machacaba, hacía infusiones o tinturas y daba a los enfermos botellitas llenas de líquidos malolientes. Los médicos introducían las sustancias curativas en píldoras o, a veces, en inyecciones.

El pueblo había cambiado en los últimos años, cuando la medicina moderna se había abierto paso entre los bosques y las montañas que los separaban del mundo. Aun así, muchas gentes todavía creían en la sabiduría antigua y en las palabras cargadas de magia con las que el viejo Edín impregnaba las pociones.

Aunque le gustaba tratar con las personas, y por nada del mundo dejaría de hacerlo, también reservaba unas horas cada día para seguir con sus experimentos. Durante su larga vida, desde que había abandonado los caminos como vendedor ambulante de elixires, disfrutaba experimentado fórmulas nuevas. Las inventaba o repasaba los volúmenes de recetas que habían pertenecido a su padre, de quien heredó profesión, conocimiento y afición.

Entre los que se dedicaban a lo suyo, había tres desafíos, tres enigmas que cualquier buen curandero con conocimientos de magia ansiaba descubrir.

El primero, tan antiguo como la codicia humana, era convertir cualquier objeto en oro. Edín había tenido una etapa avariciosa, como todos, cuando era joven y audaz. Se cansó pronto de obtener metales de un sucio color amarillo que se fragmentaban en cuanto trataba de consolidar su dureza.

El segundo siempre le dio miedo. La vida eterna, decían. Le parecía un poder peligroso. Vivir para siempre. Podía anhelar una razón para hacerlo. Pero ¿en qué estado? Y, sobre todo, ¿a qué precio? Ni siquiera cuando la madurez empezó a quedar atrás, y los primeros achaques de la vejez le alcanzaron, se vio tentado a probarlo.

El tercero, sin duda, era su favorito. La invisibilidad. A menudo soñaba con transferirle esta peculiaridad a una capa y, cubierto con ella, infiltrarse, lejos de miradas indiscretas, en cualquier lugar. Aunque la curiosidad por los sitios prohibidos ya no le atraía tanto, seguía fascinado por las propiedades de la materia y por cómo sería tocar algo que sus ojos no pudieran ver. Le gustaba sentarse en la puerta de la cabaña, notar el viento sacudiéndole la ropa y el cabello que mantenía largo y cano, e imaginar lo que sería aquel don.

Estaba seguro de que andaba cerca de encontrarlo. Sobre la mesa de trabajo tenía siete botes con diferentes tinturas y destilados. Además de polvos de colores y algún elemento mágico, como las uñas de dragón, compradas a un buhonero. Edín sospechaba que eran más bien de lagarto, porque los dragones, los de alas y fuego, solo salían en los cuentos. El día anterior había conseguido que un objeto pequeño, un plato de barro medio agrietado, adquiriese un tono primero blanquecino y más tarde casi transparente. Se mantuvo así unos minutos y después, poco a poco, había empezado a regresar a su color marrón.

Repasó despacio la lista de ingredientes que había anotado en el papel. Midió de nuevo las cantidades. Garabateó algunos cálculos. Añadió y eliminó componentes. Lo intentó durante toda la noche. Los objetos que iba probando: un libro, una copa, una manzana, un pañuelo, se ponían algo borrosos, temblaban un poco, se desvanecían y volvían a surgir con su apariencia sólida y desalentadora.

El amanecer lo encontró medio dormido, con la cabeza apoyada sobre la mesa, mirando con tristeza las diferentes diluciones. Desanimado, tomó una botella con vino que le había regalado uno de los pacientes, de esos que no tenían dinero para pagarle, y se sirvió una copa para confortarse. Iba a abandonar. Ya no le quedaban ideas.

El líquido, de un intenso rojo sangre, era más dulce de lo que esperaba aunque tenía una cierta consistencia terrosa. Sobresaltado, abrió del todo los ojos y miró bien la copa. Era uno de los objetos que había intentado hacer desaparecer y, con toda seguridad, algo de la poción permanecía en su interior.

Anonadado, contempló cómo sus dedos empezaban a desvanecerse y bajo las mangas de la túnica que llevaba, ya no pudo ver nada.

Ana

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