Amelia

34. Vacaciones

Aurora cogió la novela, se repantigó en el sofá y se tapó con la manta. Le gustaba leer cómoda y arropada.

Pensó, satisfecha, en su gran idea: irse de vacaciones sola, sin amigas ni familiares. Estaba cansada de viajar cada año a las costas andaluzas, a hoteles con todo incluido, con su hermana, su cuñado y sus dos sobrinos diabólicos; también le fastidiaba que sus amigas organizaran los viajes sin contar con su opinión. Esta vez, aprovechando la tensa relación de su hermana y su marido, a punto de separarse, y que Lorena y Bea se habían echado novio, había optado por unas vacaciones distintas.

En el portal www.cambiadevida.es una tal Laura Torres intercambiaba su casa en un pueblecito perdido del Pirineo aragonés por un apartamento en la playa.

Perfecto. Rellenó los datos necesarios, indicó la dirección de su apartamento en el puerto de Sagunto y esperó. En cuestión de un par de horas apalabraron cambiar sus respectivas viviendas durante dos semanas.

 Cinco días llevaba allí: tiempo suficiente para explorar los rincones de la casa, comerse lo que había en la despensa y la nevera y terminar una novela romántica. A punto de acabar la segunda, llamaron a la puerta.

«¿Los amigos de Laura no saben que no está aquí?», se preguntó, mientras saltaba del sofá y se calzaba las zapatillas de conejito de la dueña de la casa.

Abrió y una señora mayor, ataviada con un delantal lleno de lamparones, le ofrecía una fuente tapada con un trapo.

—¡Hola, querida! ¿Qué tal estás? No sabía si ibas a venir y he pensado que necesitarías algo de comer.—Le puso el plato en las manos—. Sé que te gusta el cocido.

—Vale, gracias —murmuró, perpleja—. No hacía falta.  Quería ir a la tienda… —explicó ella, cogiendo la fuente, ante la insistencia de la señora.

—Eustaquio se alegrará de verte. Hace tiempo que no vienes por aquí. Si necesitas algo, ya sabes, pásate por casa. ¡Descansa! —Se dio la vuelta y recorrió el camino de piedras que llevaba a la carretera. Aurora continuó mirándola hasta perderla de vista, inmóvil como estaba, con el cocido entre las manos.

«¡Qué señora tan amable!», pensó. Dejó la fuente en la cocina y volvió al sofá, donde apuró las últimas hojas de la novela.

«Es hora de salir y explorar un poco el pueblo. Se me está acabando la comida y necesito más lectura», se dijo, al cerrar el libro.

Por la carretera se llegaba andando en quince minutos escasos. Justo en la entrada, un hombre desde un tractor la saludó con efusividad.

—¡Tú por aquí! ¡Cuánto tiempo! A ver si nos echamos unas partidas en el bar de Miguel…

Aurora se quedó algo desconcertada. ¿La habría confundido con alguien? Ya le había parecido que la señora se había equivocado, y ¿este hombre también? En fin, quizá fueran muy amistosos en el pueblo y esa era su manera de acoger al forastero.

Las tiendas estaban concentradas en la plaza principal: una panadería, una tienda de ultramarinos y el bar de Miguel, como rezaba el rótulo algo caído. Entró en la tienda y la dependienta, una señora bajita, entrada en carnes, le sonrió con amabilidad.

—¡Hola! ¿Cómo estás? Hace mucho que no vienes por aquí. ¿Qué te pongo?

—Buenos días. La verdad es que esta es la primera vez que vengo —contestó Aurora. Debía empezar a deshacer el malentendido.

—¡Qué graciosa eres, Laura! Si has estado viniendo a este pueblo… no sé, ¿seis años?

—Disculpe, señora, no soy Laura. Estoy de vacaciones en su casa —contestó, irritada. ¿Se parecerían tanto las dos?

—Ay, Laura, siempre has sido una chica muy divertida. Dime, ¿qué necesitas?

Aurora no contestó y se marchó, airada. Esa señora estaba loca.

Entró en el bar de Miguel. «Necesito un carajillo, o algo parecido», decidió, mientras se acodaba en la barra del bar.

—¡Qué alegría, Laura! ¿Qué vas a tomar? —inquirió el camarero, mientras pasaba un trapo por la madera envejecida.

—¡No soy Laura! Se está confundiendo. —Empezaba a cansarse.

—No me vengas con bromas. Hace tiempo que no vienes, pero te reconocería en cualquier parte. O, ¿es que estás de incógnito? —Le guiñó el ojo.

—No soy Laura. ¡Me llamo Aurora Ibáñez! ¡Vengo de Valencia! ¡Estoy viviendo en su casa! ¡No soy ella! —gritó al camarero, casi sin respirar—. ¿Qué os pasa?

Salió corriendo del bar y no se detuvo hasta llegar a la carretera. Sacó el móvil y marcó el número de la otra joven.

—Sí, ¿hola? ¿Eres Laura? Verás, soy…

—No, perdona, te has confundido. Soy Aurora —contestó una voz, al otro lado del teléfono. Oyó el clic que cortaba la llamada.

«¡Será imbécil!», pensó, hastiada. «Esta tía, ¿está loca o qué?». Decidió llamar a su hermana, de la que no sabía nada desde que estaba allí.

—Hola, ¿quién es?

—Soy Aurora, mira, que estoy de vacaciones…

—…conmigo, en la Costa del Sol —la interrumpió su hermana—. Acabas de irte a comprar un pareo. ¿Qué te pasa?

—No, Eva, no estoy contigo. Estoy en un pueblo perdido del Pirineo aragonés.

—No digas tonterías. Si estás aquí…—Oyó una risa y un sonido extraño al otro lado del teléfono. Tras unos segundos, alguien dijo—: Oiga, déjenos en paz a mi hermana y a mí. —Y colgaron.

Aurora se quedó mirando el teléfono, confundida. «¿Qué ocurre aquí?».

Pasó el día tumbada en el sofá, con la mirada perdida. No había encontrado en la casa ningún indicio de su posible parecido con Laura y estaba desanimada.

De repente, tuvo una idea.

Encendió el portátil y tecleó www.cambiadevida.es Al instante apareció la web e introdujo sus datos. Le dio error varias veces.

Reflexionó un momento. Creó un nuevo usuario y una nueva contraseña. Escribió: «Ofrezco casa rural en pueblecito con encanto, en pleno corazón del Pirineo aragonés. A cambio me gustaría pasar mis vacaciones en una casa de la playa».

Dejó el ordenador encendido y se tumbó de nuevo en el sofá. Al cabo de unas horas, un zumbido y un parpadeo en la pantalla le indicaron que tenía tres mensajes. Sonrió, esperanzada, y se dispuso a contestar.

Amelia.

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