Ana

33. Mensaje recibido

Lo conocí en uno de esos sitios de citas exprés. No me apetecía ir, pero mis amigas me convencieron: que si la vida no es solo trabajar, que si tengo que olvidarme del pasado, que si me voy a oxidar. Acepté para que se callaran y porque llevaba tanto tiempo sin tener un fin de semana libre que no sabía qué hacer.

Tienes 7 minutos para hablar con un desconocido e intentar gustarle, y además, que te guste. Esto se repite siete veces durante la tarde. Si luego ha habido coincidencias, te vas a cenar con el elegido. Me pareció rápido y divertido. Aunque me sentí más nerviosa y menos interesada de lo que esperaba.

Al final me fui con Ángel. No era uno de mis candidatos. Gestionaba el programa informático que emparejaba a las personas más afines. Se rió al ver mi cara de desilusión cuando el número de conexiones fue cero. Me propuso cenar con él. Acepté, claro. Era al menos tan friki como los otros.

Nuestra relación fue sobre todo virtual. Me paso la vida viajando, soy controladora de calidad de empresas y tengo que visitarlas. Él es una especie de informático de guardia, por lo que tiene turnos extraños. No era muy fácil coincidir en persona, pero sí para chatear, hablar por Skype o comunicarnos por cualquier otro método. Yo siempre he sido una negada para las nuevas tecnologías y mi móvil a duras penas aguantaba el WhatsApp. Ángel me regaló uno de sus IPhone viejos y un portátil mini para que estuviéramos en contacto. Me acostumbré a esta second life privada. A tener siempre «buenos días», «¿cómo ha ido el trabajo?» o «buenas noches». Hasta sexo virtual. Y, bueno, sí, de vez en cuando nos veíamos de verdad y funcionaba bastante bien. Me mudé a su casa a las pocas semanas de conocernos. Total, estaba pagando una habitación en un piso compartido que apenas utilizaba. Al menos así, cada vez que estaba en la ciudad, podíamos vernos.

Un día su comportamiento me pareció raro. Estaba inquieto y miraba continuamente el móvil con gesto de preocupación. No quiso explicarme qué pasaba. Llegué a pensar que había otra. No me importó demasiado. La nuestra no era una relación al uso, tampoco resultaba extraño. Quizá me sorprendió más que no me dejara ver la televisión. Tenía pantallas en casi todas las habitaciones y me insistió en que no perdiera el tiempo, que para unas horas que teníamos no las íbamos a invertir en ver algún programa basura. Teniendo en cuenta que lo normal para él era dejarlas encendidas, no parecía muy coherente. Como se mostró apasionado y cariñoso no me preocupé demasiado.

En el viaje siguiente sus mensajes se redujeron a lo imprescindible y no contestaba a mis llamadas. Cuando nos volvimos a ver, las pantallas de televisión habían desaparecido. «Las he vendido», me dijo, dejándome anonadada, «necesito algo de dinero, el trabajo no va muy bien», se excusó. También me aseguró que el portátil se le había estropeado y que el otro ordenador era viejo y no funcionaba el Skype.

Lo encontré muy desmejorado. Lucía ojeras y parecía tremendamente cansado. Si lo que tenía era otra amante, le daba muy mala vida.

En mi último viaje no me llegó ni un solo mensaje. Me llamó un par de veces, desde un teléfono que no era el suyo, asegurándome que me echaba mucho de menos, y que ya me llamaría.

Cuando volví, pasé por su piso para recoger mis cosas. Daba la relación por acabada. En los últimos días no había sabido nada de él. Lo encontré en la habitación, metido en la cama y no con una rubia impresionante, como yo temía. Estaba solo, temblando y muy demacrado. Tenía algo de fiebre. Se abrazó a mí con desesperación y me aseguró que lo iban a encontrar, que ya no sabía qué hacer. Me contó una historia delirante de que “alguien” le perseguía. Había empezado a recibir mensajes amenazantes en el móvil y en el correo electrónico. Primero pensó que era una broma. Después supuso que sería algún viejo amigo, o una ex novia, con ganas de vengarse de alguna antigua ofensa. Intentó rastrear los mensajes. No hubo manera. A pesar de sus conocimientos informáticos, no supo de dónde venían. Las amenazas subieron de tono y se multiplicaron. Le creí hasta que me aseguró que los mensajes salían en los subtítulos de los programas de televisión. Entonces me di cuenta de que estaba trastornado.

Traté de convencerlo de llamar a alguien o de ir al médico. Dijo que no podía salir de casa. Que en las pantallas informativas del metro, de los autobuses o en el hospital, también leía ese tipo de mensajes.

Recogí la ropa y un par de cosas más y me fui. Mandé un email a su hermano. Aunque no lo conozco en persona, tenía su dirección. Le expliqué lo que pasaba, le indiqué que debía hacerse cargo y le supliqué que me dijera cómo evolucionaba. No le ofrecí mi ayuda.

Parece ser que está en un sanatorio, en tratamiento psiquiátrico. ¡Pobre! No es que fuera el hombre de mi vida, pero parecía normal y nos divertíamos mucho. Además me hacían compañía sus mensajes a cualquier hora.

Sin ellos mi móvil se quedó mudo. Hasta hace un par de días. Desde entonces me llegan mensajes que dicen «Te estoy vigilando. Tú vas a ser la próxima».

Ana

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