Amelia

32. Escrito en la pared

Soy Sofía. Encontré un rotulador y lo guardé en el bolsillo. No sé cuánto tiempo permaneceremos aquí. Quiero dejar constancia de lo que ha pasado, por si alguien lo lee.

Sonaron las sirenas tras varios días de alerta máxima. Los agentes de policía nos indicaron cómo bajar a los refugios. En seguida vimos que no había sitio para todos.

Los empujones y codazos evitaron la entrada de los más débiles y los niños más pequeños. Mi madre tiraba de mi hermano Alex y de mí y logró abrirse paso, hasta que un navajazo la apartó de nuestro lado. No pude hacer nada. Miré atrás y vi sus ojos llorosos conminándome a que continuara. Una vez traspasado el portón, íbamos tan apretados que la marea humana nos impulsaba hacia adelante, no podíamos parar.

Oí los gritos desgarradores de los que se quedaron afuera tras el cierre de puertas. Los agentes que nos escoltaban nos separaron por sexos: fue la última vez que vi a Alex. Después nos condujeron a una habitación, nos despojamos de nuestras ropas y las tiramos por un conducto que se abría en la pared. A continuación, nos raparon el pelo y nos mandaron a las duchas. El jabón antiséptico y el calor del agua debían descontaminarnos de la posible radiación proveniente del exterior.

Pasamos a otra sala, donde nos esperaban unos pijamas amarillos y azules, unas zapatillas de goma blancas y una escudilla azul o roja. A mí me tocó la roja. Por último, nos llevaron a una gran estancia con literas; me tocó la de arriba del todo, justo debajo de mí había una señora entrada en carnes que no paraba de lloriquear. Le corría el sudor por todo el cuerpo y formaba un charco a sus pies.

No hay relojes. Los destruyeron junto con nuestras ropas. Los días transcurren sin que sepamos qué pasa en el exterior. Se dice que la bomba radiactiva explotó justo después de meternos en el refugio y el mundo que conocíamos está contaminado. Se comenta que solo podemos permanecer aquí durante un período corto de tiempo. No se sabe cuánto tardará la Tierra en descontaminarse. Quizás estar en el refugio no sirva para nada.

Nos mantienen ocupadas haciendo colas interminables para recibir el rancho. Si suena la sirena una vez, las de las escudillas rojas empezamos a hacer la cola. Si suena dos, es el turno de las azules. He comido macarrones insípidos en tantas ocasiones que he perdido la cuenta. Cuando acabamos, nos tumbamos en las literas y tratamos de dormir.

Hace bastante calor. Comenzamos a despedir malos olores y algunas se quejan por los efluvios de sus vecinas de litera. Los primeros días hicieron bromas sobre si nos vendría el período a todas a la vez. Es extraño. Creo que ninguna lo ha tenido desde que estamos aquí.

La señora gorda y sudorosa siguió lloriqueando hasta que desapareció. Su puesto está vacío y me he dado cuenta de que hay otros lugares también disponibles. Es raro. Oí decir que había espacio para 3500 personas en el refugio. ¿Dónde están las que faltan? ¿Y los hombres? ¿Por qué estamos separados? Ahora que lo pienso, no he vuelto a ver a un par de mujeres que se quejaron por la comida y las condiciones en las que vivimos.

Acabo de oír la sirena. Suena diferente, no avisa para ir a comer. Es un timbre continuo. Oigo gritos de júbilo. Alguien ha chillado: «¡Vamos a salir! ¡Abren las puertas!». Espero que el peligro haya pasado.  Voy a dejar aquí mi testimonio. Ojalá todo vuelva a la normalidad. Quizás alguien lea esto que he escrito en la pared.

Amelia

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Un comentario sobre “32. Escrito en la pared

  1. Estas historias me gustan, tienen ese no sé qué que qué se yo, como dijo alguien, que hace que vaya a renglón prisionero. Bravo. Y el final… sin palabras.

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