Ana

31. Reencuentro

—¿Cómo lo ves? —pregunta Salva—. ¿Aguantará?

Se echa hacia atrás, con el martillo en la mano, y le muestra la puerta, a la que ha clavado los estantes a modo de barrera. Enrique, sentado en el suelo, con una jeringuilla en una mano y unas ampollas de antibiótico en la otra, levanta la cabeza y mira el parapeto.

—Espero que sí —responde, aunque en su voz no hay mucha convicción—. Tendremos que asegurar también la parte de arriba.

—¿Qué hay arriba?

—Un pequeño estudio, para cuando nos quedamos a hacer guardia. Hay una ventana y un balcón.

—¿De verdad crees que serán tan hábiles como para subir? Parecen muy torpes.

—No lo sé. Pero habrá que asegurarse. Además tengo algo de comida y estaremos más cómodos. Deberíamos subir. ¿Me ayudas?

—No me imagino cómo has acabado de farmacéutico –dice mientras le tiende la mano—. Si siempre te copiabas de mis exámenes de Química —le recuerda.

—Aprendí mucho copiando —afirma Enrique, sarcástico.

Se agarra de Salva para levantarse, sin apoyar el pie izquierdo que luce una fea herida. Coge una bolsa con vendas y desinfectante del mostrador y lo guía por la escalera, dando saltos a la pata coja.

—La farmacéutica es mi mujer —reconoce—. Yo me encargo de la parte empresarial. Como la ayudo, al final algo se me ha pegado. Ya sabes lo bien que copio.

—¿Encarna se hizo farmacéutica? —pregunta Salva, sorprendido.

—No me casé con Encarna, aquello no salió bien.

—¡Vaya! Si erais la pareja perfecta. ¿Qué pasó?

—Ya quedaremos un día de estos a tomar unas cervezas y te cuento mi vida. Ahora ocupémonos de las ventanas —le apremia, impaciente.

—Veinte años sin vernos y tenemos que encontrarnos precisamente ahora, cuando se acaba el mundo. ¡Tiene gracia!

Coge algunos listones más y los clavos que lleva en el bolsillo. Asegura, como puede, la ventana y el balcón. Echa un vistazo a la calle, a través del cristal. Parece desierta, aunque sabe que se esconden en todos los rincones. Pueden aparecer en cualquier momento. Sobre todo por la noche, y el sol está a punto de ponerse.

—Es como estar en una película de terror. Y encima contigo —se lamenta.

Se vuelve con el martillo en la mano y lo mira, dándose golpecitos en la palma.

—No soy tan mala compañía —dice Enrique dejándose caer en la butaca, exhausto.

—Te tenía tantos celos en el instituto —rememora Salva, con expresión contrariada—. Todo te salía bien. No necesitabas estudiar porque siempre había algún pardillo como yo que te dejaba copiar. Salías con la tía más buena y las demás se morían de ganas de estar contigo. Eras el mejor en los deportes. Lo tenías todo.

—Bueno, no es para tanto. Además, tú eras un cerebrito. Algo habrás conseguido, ¿no? Siempre te gustaron mucho las ciencias. ¿Qué eres? ¿Físico? ¿Ingeniero?

—Escritor —responde—. Y de poca monta. Escribo novelitas, cómics, guiones de televisión…

—¿En serio?

—Ciencia-ficción, sobre todo. Y terror. ¿Te acuerdas de aquella serie cutre que triunfó hace unos años? La de los zombis adolescentes. Era mi guion.

—¡Vaya! Y ¿qué ha pasado? ¿Se te ha ido la historia de las manos?

—Creo que sí —ríe—. Cuando en los telediarios empezaron a hablar de sujetos con comportamientos extraños, de locos que mordían a otros, de tanatorios donde se levantaban los muertos, pensé que era alguna especie de broma, como si fuera el Día de los Inocentes, o como aquella vez en América, con el tío ese, Welles, y el programa de radio de los marcianos ¿te acuerdas? Pensé que era algo así, o una especie de reality raro, en la tele ya no saben lo que inventar.

—La realidad siempre supera a la ficción, ¿no?

—Supongo… —Lo mira un momento, pensativo—. Sabes que voy a tener que matarte, ¿verdad? No es nada personal.

Todavía tiene el martillo en la mano. Enrique se sobresalta un poco, aunque lo estaba esperando, sabe que era cuestión de tiempo.

—Y, ¿por qué no lo has hecho ya?

—¿Qué sabemos de esto en realidad? —rechaza Salva—. Quizá no se contagie como en las películas, quizá la herida se curará y ya está.

—Sabes que me mordió una de esas cosas, cuando te abrí la puerta.

—Ya. Y solo por eso creo que es justo que te dé el beneficio de la duda. Esperemos a ver qué pasa. No te perderé de vista.

—¿Me vigilarás toda la noche? ¿Y me darás un martillazo cuando empiece a echar espuma por la boca?

—Quizá utilice un cuchillo —dice señalando los que hay en el taco, sobre el banco de la cocina—. Tenemos por delante una larga noche para hablar de los viejos tiempos, para que me cuentes por qué rompiste con Encarna. ¿Tienes cervezas?

—Para ti siempre tengo unas cuantas en la nevera.

Ana

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