Amelia

30. Rehabilitación

Llamó a la puerta con los nudillos, a pesar del cartel que rezaba «Entre sin llamar, le estamos esperando». Una voz lo invitó a pasar. Abrió y se quedó en el umbral.

—Pase, pase, no se quede ahí. ¿Su primer día? —preguntó una mujer rubia, de pelo corto y pijama blanco, que no dejaba de masajear el hombro de una anciana con chándal fucsia.

—Sí. Me llamo David Ballester, me mandaron una carta diciendo que viniera… —Una gran jaula de metal verde, de la que pendían varias poleas, sacos de colores y otros objetos, le recordaron a una sala de instrumentos de tortura.

Al ver su cara, una mujer morena, también con pijama blanco, se rio y le dijo:

—No te preocupes, no hacemos daño a nadie, arreglamos a las personas. Espera, que busco tu ficha. —Le quitó los electrodos a un hombre, sentado en una camilla cubierta con una sábana de papel, y hojeó un gran fichero apoyado en la mesa.

Mientras, una señora mayor, de edad indefinida, pelo rubio a lo Marilyn y blusa estampada de colores, subía y bajaba por una rampa, apoyándose en una barandilla; la del chándal fucsia acababa de coger un saquito naranja de la jaula y lo balanceaba con la mano; el hombre de los electrodos bajó de la camilla y comenzó a dar vueltas con la mano a una manivela, que, a su vez, hacía girar una gran rueda, conectada a lo que semejaba una sandalia de madera.

Tras el accidente de moto del año pasado, David no caminaba bien. El médico había decidido no operarle y le dijo que hiciera ejercicios en casa. El joven cojeaba todavía, le dolía la rodilla en los días húmedos y se sentía incapaz de volver a su rutina diaria.

En una última visita, el médico le había dicho que fuera a rehabilitación. «Aunque no te aseguro que te cojan pronto, hay mucha lista de espera», le había advertido.

Dos meses después, cuando ningún calmante le solucionaba el dolor de rodilla y ya se daba por desahuciado, una carta de la Administración lo había enviado a aquel centro de salud, bastante alejado de su lugar de residencia. Tras coger dos tranvías, había llegado, por fin, a un edificio de ladrillos anaranjados, en estado lamentable. Dos torres cuadradas lo flanqueaban y los marcos de las ventanas estaban ennegrecidos. Una vez dentro, una flecha le señalaba la puerta de Rehabilitación y allí estaba, en busca de cura.

—Ven aquí —le dijo la mujer morena—. Soy Mayte y ella es Lola, te atenderemos las dos, aunque ya ves que tenemos faena de sobra —aseguró, señalando a los otros pacientes con la mirada.

Empezó a ir cuatro días a la semana. Una de las dos le aplicaba calor en la rodilla, le conectaba los electrodos y le indicaba los ejercicios que debía hacer para recuperarse de su lesión. A continuación, le daba un masaje de al menos veinte minutos. Y así, durante un mes.

Estaba contento. Se había creído abandonado por la Administración, incapaz de volver a andar sin sentir dolor, y allí estaba, fortaleciendo la musculatura gracias a aquellas magníficas fisioterapeutas.

Lola y Mayte parecían poseer un don especial. Trataban a sus pacientes con mimo y esmero y ellos, poco a poco, parecían ir recuperándose de sus lesiones.

La señora del pelo a lo Marilyn se llamaba Amparo y le habían puesto una prótesis en la rodilla. Cada día David se enteraba de algún detalle más sobre ella: era viuda, tenía dos hijas casadas y cuatro nietas, y acudía sola a rehabilitación todas las mañanas.

La del chándal rosa fucsia era Concha, con una lesión en la muñeca derecha: les daba palique a las fisioterapeutas y les contaba batallitas de cuando era joven y su marido se la llevó a vivir a Tánger.

El hombre se llamaba Paco y no hablaba tanto; se había fracturado la muñeca trabajando en la obra y su rehabilitación iba a durar bastante tiempo.

En el mes que estuvo yendo al centro de salud, David se sintió como arropado en una pequeña familia: Concha y Amparo le enseñaban fotos de sus familias y le daban consejos para encontrar novia; Paco comentaba partidos de fútbol que a David le parecían de otra época, pero le sabía mal decirle que no entendía mucho del tema y que los nombres de los jugadores le sonaban a chino; él prefería las carreras de motos. Lola y Mayte, con sus manos expertas, iban haciendo que su rodilla mejorara tras cada sesión.

Llegó el momento de despedirse. Tenía visita con el especialista y este confirmaría su alta.

–No te olvides de nosotras –le dijo Lola–. Ven a vernos, aunque sea para decirnos que estás mejor.

–Sí, claro, además, tengo que ver qué tal le va a mis compañeras –afirmó el joven, tras abrazar a las ancianas con cuidado–. Ah, Paco, y vendré a hablar contigo del próximo Barça-Madrid.

–¡Por supuesto! Me juego lo que quieras a que Raúl, esa joven promesa, mete un par de goles y machaca al Barça –le dijo, estrechándole la mano–. Que todo vaya bien.

David se fue a coger el tranvía, como de costumbre, y se dio cuenta de que apenas cojeaba, no como el mes anterior. Se sonrió y apuntó en la memoria volver a ver a sus sanadoras.

Tardó dos meses en rehacer el camino. Cuando bajó del tranvía, se sorprendió al ver que el edificio de ladrillos anaranjados ya no era tal, sino un esqueleto con dos torres semiderruidas, muros renegridos por lo que parecía la acción del fuego. Se quedó estupefacto. No se había enterado por las noticias de ningún suceso.

Atravesó la vía y se dirigió al bar de la estación. Pidió un café y preguntó al camarero:

–Disculpe, ¿qué ha pasado con el centro de salud? Hace algún tiempo que no vengo.

–Algún tiempo que no viene… Joven, ese centro de salud lleva así por lo menos diez años.

–¿Diez años? No puede ser. Si yo vine hace nada… –No podía dar crédito a lo que oía.

–Te lo aseguro, lo vi arder con mis propios ojos. Era uno de los mejores centros de Rehabilitación de la Comunidad, con dos fisioterapeutas que eran un amor. Lola y Mayte venían aquí a almorzar. Las dos murieron en el incendio, junto con dos ancianas y un chico, Paco, que era un forofo del Madrid y veía los partidos en este bar los sábados por la tarde. Una verdadera tragedia.

Amelia

 

 

 

 

Anuncios

Un comentario sobre “30. Rehabilitación

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s