Ana

29. Desorden del sueño

Marcos se despertó en la última estación de la línea de metro, la que llegaba al Aeropuerto. Sacudió la cabeza y salió con el resto de los viajeros, esquivando sus maletas. En lo alto de la escalera mecánica reaccionó. Él no iba a coger un avión, al menos no aquel día. Suspiró y se arrebujó en el abrigo. Descendió de nuevo al andén y esperó en un banco a que saliera el siguiente tren. En el bolsillo, como las otras veces, estaba el billete de metro, con la tarifa adecuada impresa en el papel.

Todo correcto, excepto que no recordaba cómo había llegado hasta allí. Echó un vistazo al reloj. Llegaría puntual al trabajo por los pelos. Era la tercera vez que le pasaba. La primera había sido tras una noche de juerga. Había salido a celebrar su nuevo empleo. Tenía tantas lagunas de lo que había pasado después del tercer gin-tonic que lo encontró hasta divertido. Sus amigos le aseguraban que lo habían dejado en la puerta de su piso, perjudicado pero despierto.

La segunda fue una semana antes. Tras una noche de insomnio en la que, cansado de dar vueltas en el colchón, se había tomado, más tarde de lo debido, un par de somníferos. Sin embargo, la noche anterior había sido calmada. Trabajó hasta tarde, cenó poco y se durmió exhausto en el sofá, con una película en blanco y negro de fondo.

Las tres veces el metro lo dejaba en el Aeropuerto a las 7 en punto. 45 minutos exactos antes de que saliera el avión a París. Ese avión que no había cogido casi un año atrás. Lo había decidido en el último minuto. Se inventó un virus estomacal, un pretexto ante Julia, su novia, que empezaba allí un nuevo trabajo, de psicóloga. Marcos estaba en paro y había decidido acompañarla. O quizá ella lo había decidido por él. Se arrepintió y pensó que se merecía más tiempo para meditarlo. No sabía si ella lo entendería, por eso se inventó la excusa, porque no sabía cómo se lo iba a tomar.

Nunca lo sabría. El avión se estrelló. Y Julia no sobrevivió.

Le costó meses superarlo, ignorar la vocecilla que le echaba la culpa, asumir que la vida le había dado otra oportunidad. Y esos meses tuvieron muchas noches de insomnio y muchos días en blanco.

Unas semanas atrás lo habían contratado de maquetador en una editorial. Le pagaban poco y hacía muchas horas, pero le gustaba el trabajo. Además, estar ocupado le sentaba bien. Hasta que empezó a despertarse en el Aeropuerto.

Telefoneó a su madre preguntándole si había tenido episodios de ese tipo de pequeño. Lo comentó con sus amigos. Nunca le había pasado antes. Ignoraba cómo ponerle remedio. Los somníferos lo dejaban demasiado espeso y prefería evitarlos y ni siquiera le garantizaban que se quedaría en la cama.

Buceó en Internet en busca de información y de alguna posible solución. Leyó sobre diferentes desórdenes del sueño. Hasta que encontró aquella página que hablaba de las causas espirituales del sonambulismo. Allí se explicaba con claridad que la medicina no había conseguido curarlo porque se debía principalmente a bromas de familiares difuntos. Empezó a asustarse. Nunca había creído en fantasmas pero, conforme leía lo que ponía en aquella web, más claro veía que Julia, inquieta en su tumba, reclamaba que ocupara su asiento en aquel vuelo, a su lado.

Después de tres mañanas más en el Aeropuerto, decidió comprar un billete. Pidió permiso en el trabajo y comentó a sus amigos y a su familia que necesitaba hacerlo, tenía que ver París y pasar página. Y en voz baja le prometió a Julia que, si eso era lo que ella quería, volaría hasta allí.

Aquella mañana, cuando abrió los ojos, ya entraba cierta claridad por la ventana. Sabía que tenía el tiempo justo para llegar al Aeropuerto. No pudo moverse. Solo quería estirar el brazo y encender la luz, pero no le respondía. Quiso gritar cuando vio la sombra a los pies de la cama. La garganta estaba tan paralizada como el resto de él. La sábana se estiraba alrededor de su cuerpo, presionándolo contra el colchón. Y la sombra se aproximaba. Su respiración agitada se fue haciendo más y más fuerte, hasta que por fin consiguió gritar. Pudo mover la mano y accionar el interruptor. La luz iluminó la habitación vacía. Con el corazón acelerado miró la hora. Demasiado tarde para coger el avión. Julia y París tendrían que esperar.

Ana

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