Amelia

28. El viaje

Recorrió la calle sin prisa, disfrutando de los edificios de estilo modernista. Cuando llegó a la esquina de una conocida tienda de ropa elegante, se adentró en las callejuelas de la ciudad vieja.

Dos adolescentes paseaban por aquel lugar y algunos mendigos hablaban a voz en grito en una esquina. La pareja cruzó una estrecha travesía y los perdió de vista. Aunque los mendigos la miraron de arriba abajo cuando pasó por su lado, siguió su camino.

Estaba oscureciendo y oyó el tañido de las campanas. Respiró el aire contaminado de la ciudad y fue a cobijarse junto a la pared de piedra de la iglesia. Observó la pequeña plaza, con un feo edificio de estilo setentero, sede de un sindicato, que no casaba con la robustez del muro eclesial ni con los antiguos palacetes. Las farolas alumbraban incluso el rincón donde se había refugiado. Se colocó la capa de terciopelo y se quedó pensativa, mirando cómo caía el agua de una fuente con forma de estrella de David. Sacó el teléfono móvil de un saquito, también de terciopelo y tecleó un número.

Todo empezó a darle vueltas y, tras unos instantes de mareo, comprobó que seguía en el mismo lugar. Sin embargo, algo había cambiado: la sede del sindicato ya no estaba allí, sino una oficina que parecía de Correos. Dos hombres vestidos con chaqueta y pantalones de pana, tocados con viseras, salieron del edificio, aunque no repararon en ella. Tomaron sus carteras de piel y sus bicicletas y se marcharon. La fuente ya no era hexagonal, sino circular, como una gran vasija de la que partían cuatro caños. Un par de mujeres charlaban y rellenaban cántaros de agua.

Se acercó a la puerta de la iglesia, cerrada a cal y canto. Tras la Guerra Civil Española, la antigua capilla del Santísimo Cristo estaba completamente destruida por dentro, solo quedaban en pie los muros que la protegían. Saqueada y quemada por el fuego, se había perdido el cáliz de oro que antaño presidía las misas, además de un valioso cuadro de Nuestra Señora de la Concepción.

Como estudiante de Historia del Arte, le fascinaban los objetos perdidos en guerras e incendios. Estaba dispuesta a hacer lo que fuera por recuperar algunas de aquellas joyas. Descubrir que su hermano estaba en un programa experimental en la Universidad para viajar en el tiempo la ayudó a decidirse. Esa misma tarde le había cogido prestado uno de los prototipos.

Volvió a teclear un número en el móvil y el mareo le pareció algo más largo esta vez. El edificio de Correos había desaparecido. Un conjunto de casas viejas, construidas sin el plan previo de un arquitecto ocupaban su lugar. Había cuerdas gruesas de un lado a otro, donde los vecinos aprovechaban para tender la ropa. Ni rastro de la fuente, solo un caño en un mojón, del que salía un hilillo de agua.

Un olor a heces y orines inundó su nariz. Decidió moverse en busca de aire fresco. Su capa de terciopelo la protegía de cualquier mirada indiscreta. Además, la noche estaba cercana y no había ningún tipo de iluminación en la plaza.

Una figura se fue acercando, con una vela entre las manos para iluminarse. También llevaba una capa como ella, con capucha. Se paró frente a la iglesia, que ahora carecía de torre campanario.

–Querida niña, será mejor que vayáis a casa pronto. Está anocheciendo y en breve este lugar será poco recomendable para una joven como vos.

–Venía a rezar una oración al Santísimo Cristo –murmuró, enfundándose aún más en la capa.

–Es tarde. El capellán ha cerrado las puertas hace una hora. Será mejor que dejéis vuestros rezos para mañana.

La figura siguió su camino hacia una casa cercana. Volvió a la esquina de la iglesia. Se sentía algo decepcionada. Pensaba que sería más fácil encontrar un día en el que la capilla fuera accesible. Tecleó un tercer número en el móvil y el vértigo la hizo desmayarse.

Alguien le estaba mojando la cara con un trapo húmedo cuando abrió los ojos. La plaza había cambiado. El muro de la iglesia ya no pertenecía a la misma, sino a un edificio de estilo árabe, una mezquita. En su afán por encontrar la capilla abierta, se había equivocado de fecha. Su ciudad pertenecía a un reino de taifas, por lo que aún no se rendía culto al Santísimo Cristo.

El sol y las friegas en la cara la hicieron llorar, además de su error. La mujer le hablaba en un idioma que no podía entender y señalaba sus ropas, que eran bastante distintas. La apartó con brusquedad y trató de levantarse. Dos hombres de tez aceitunada, con turbantes, se aproximaron a escuchar qué decía. Buscó el móvil a tientas y lo encontró debajo de su cuerpo. Lo cogió con disimulo y vio la fecha anotada en la pantalla: 17/06/1094. El móvil indicaba también: «Batería baja, conecte el cargador».

Desesperada, intentó zafarse de los hombres, que la cogieron en brazos y se la llevaron. Menuda futura historiadora del Arte. Además de olvidarse de la Historia, ¿cómo se le ocurría hacer tres viajes en el tiempo sin volver al presente a cargar la batería?

Amelia.

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