Amelia

24. Empezar otra vez

Hoy está más guapa que nunca. La veo sonreír mientras atiende a unos clientes habituales y me derrito. No puedo evitar fijarme en las arruguitas que enmarcan sus ojos color cielo de tormenta.

De vez en cuando me hago el encontradizo y le pregunto cosas sobre la carta, los vinos o lo que se me ocurra. Responde amable, me sonríe y continúa con su trabajo.

No sé cómo decirle lo que siento. Me parece fuera de lugar. Una de las camareras, Rosa, con la que comparte confidencias, me dejó caer que había tenido serios problemas con su novio.

Hace unos meses, Verónica apareció con unos cuantos cardenales en el cuello y nos contó una historia de un golpe contra una puerta. No me quise preocupar, aunque al ver su ojo morado me asusté en serio.

Ese día Robert Cardona tuvo una conversación con ella y se marchó antes de empezar a servir comidas. Temí que la hubiera despedido.

Llegó al día siguiente, un poco más calmada. Me daba apuro preguntarle, sobre todo después de oír a Rosa despotricar contra los maltratadores, «verdaderos salvajes que se creen dueños y señores de sus mujeres y, por lo tanto, con derecho para hacer lo que se les antoje».

Soy incapaz de hacer daño a nadie y menos a Verónica. Cuando la miro, tengo la sensación de que podría hacerla feliz. Quiero cuidarla, protegerla. Sería bonito, al terminar el turno de noche, irnos los dos a casa, cogidos de la mano, paseando por las calles desiertas de esta ciudad; dormir abrazados hasta que suene el despertador y darnos los buenos días. Y, sobre todo, ver su sonrisa a todas horas, esa sonrisa cálida que perdió hace un tiempo y que no ha recuperado del todo.

¿Cómo expresar mis sentimientos? No creo que ahora quiera iniciar una relación y menos con un compañero de trabajo. Esperaré y, quizás, algún día, reúna el coraje suficiente para decirle lo que siento.

 * * *

Ya están aquí mis “habituales”. Los conocí hace tiempo, cuando probaron el brioche de Robert y quedaron encantados. Volvieron más veces y, siempre amables, preguntaban por mí.

El día que lo vi a él en la comisaría de policía me dio mucha vergüenza que me atendiera. Escuchó mi relato y me dio un abrazo tras rellenar la denuncia.

Los trece de cada mes vienen a cenar, a celebrar que están juntos. Siempre que puedo hablo con ellos, comentamos los platos y me preguntan qué tal estoy.

Después de deshacerme de la relación tóxica con mi ex, me está costando recuperarme. Sé que debo empezar de nuevo, aunque tardaré un poco todavía.

Rosa me dice que le gusto a Álex. Piensa que está preocupado por mí: le ha preguntado en varias ocasiones cómo me encontraba, y eso que no sabe con exactitud lo que me ha pasado. Dice que el día que fui a presentar la denuncia se equivocó al servir varios platos y tiró una copa de vino en el vestido de una clienta. Menos mal que Robert es un buen jefe, muy comprensivo. Si estuviera trabajando en otro sitio, con seguridad ya estaría despedido.

Álex me cae bien, tengo la sensación de que podría hacerle feliz. Sería bonito dormir abrazados, despertar juntos y darnos los buenos días; venir al trabajo cogidos de la mano, paseando por las animadas calles de esta ciudad. Y, sobre todo, ver su cara risueña y reír con sus ocurrencias.

No quiero ser una carga para él. Todavía tengo que curar algunas heridas del corazón y no desearía que se sintiera como un paño de lágrimas.

Necesito tiempo para volver a confiar en los hombres y, si él sigue ahí, quizás, algún día, podamos iniciar algo juntos.

 * * *

Los clientes del trece están contentos. Charlan animadamente con Verónica y le han contado alguna noticia, pues ha abierto mucho los ojos, se ha puesto a reír y les ha dado un abrazo.

Pasa por mi lado y no puedo reprimir la curiosidad:

–Verónica, ¿qué les pasa a esos clientes? Hoy parecen más felices que de costumbre.

–Ay, Álex, una noticia maravillosa: van a ser papás. ¿No es genial? –me dice, tocándome el brazo–. Voy a por su postre.

–Genial –repito, de manera mecánica. Yo también quiero un poco de esa felicidad.

Pasa el rato y la pareja termina su brioche y pide la cuenta. Se la llevo yo y la mujer saca un bolígrafo.

–Te llamas Álex, ¿verdad? –me pregunta.

–Sí, creo que ya les ha atendido alguna vez. ¿Está todo a su gusto?

–Sí, sí, no te preocupes. ¿Podrías avisar a Verónica, por favor? Se nos ha olvidado decirle algo.

Asiento y la llamo con un gesto. Cuando llega, le señalan de manera insistente el tique. Vero lee lo que pone. De pronto, alza los ojos y dirige su mirada hacia mí. Me giro, nervioso, y sigo colocando los cubiertos en las mesas.

–Álex… –oigo su voz suave y cristalina y me doy la vuelta–. Cuando terminemos… ¿te apetecería que nos tomásemos algo juntos?

Amelia.

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