Ana

23. Raciones y algo de pasta

Isabel desconecta la cafetera. Echa un vistazo al reloj, son casi las 8.30. Puede oír la lluvia cayendo con fuerza. Duda de que entren más clientes. Humedece el trapo en el fregadero y lo pasa sobre la barra, retirando algunos vasos de cerveza vacíos que han quedado tras las vitrinas.

El sonido de la puerta interrumpe sus pensamientos. Un hombre, enfundado en un chubasquero azul, mira el local con expresión perpleja. Busca entre la media docena de mesas vacías, repasando cada una de las sillas. Dirige la vista a Isabel y sonríe. Lleva barba oscura, bastante espesa, y gafas de montura negra. Se deshace de la chaqueta mojada y la cuelga con descuido en el respaldo de una silla. Se sienta junto a la barra y la mira.

—Pues aquí estoy —anuncia.

Isabel se esfuerza por ser amable, esboza media sonrisa y, mientras el recién llegado limpia los cristales de sus gafas con el faldón de la camisa, le pregunta:

—¿Qué quieres tomar?

—Espaguetis a la boloñesa y una copa de vino tinto, por favor —dice empujando las gafas con un dedo sobre la nariz.

Isabel observa las arruguitas alrededor de sus ojos marrones, la piel reseca de las mejillas y las entradas que se abren paso en su frente. Suspira, descontenta.

—Lo siento —señala el mostrador, donde las bandejas de calamares, longanizas y tortillas ocupan el espacio entre los dos—, nosotros no tenemos espaguetis, solo ensaladas y raciones.

El tipo frunce el ceño y mira otra vez a su espalda.

—Vale —dice, volviendo la cabeza—, ya lo entiendo, ensalada de pasta entonces.

Le guiña un ojo. Junta las manos como si fuera a rezar, apoya los codos en la barra y la barbilla sobre los dedos cruzados.

Isabel coge una copa y una botella de vino.

—¿Rioja está bien? —pregunta.

Apenas se espera a que el cliente asienta para echar dos dedos exactos sin que caiga una gota. Después coge una de las cartas y se la ofrece.

—Ensaladilla rusa —sugiere—. Buenísima.

Él le sonríe resignado, como si hubiese perdido la batalla, y mira sin fijarse la lista de tapas y raciones.

—Eres lista, Uyulala —dice, y se la devuelve con desgana—. Y muy guapa. —Toma la copa y da un sorbo. Luego golpea con el dedo el cristal, indicando el revuelto de habitas con jamón—. Ponme una tapa de esto y otra de esa ensaladilla que dices.

Isabel se siente aliviada de tener algo que hacer. Coge con un tenedor una ración de revuelto y la mete en el microondas. Mientras se calienta, abre una bolsa de picos para acompañar la ensaladilla. Echa un vistazo al reloj, las 8.40. Es frecuente que entren tipos raros, solitarios que buscan una barra donde confesarse, un poco de charla. Suele manejarlos bien. Coquetea con ellos lo imprescindible. Su jefa le dice que un día tendrá un disgusto, pero ella sabe bien dónde poner el límite de la amabilidad y del juego.

Sin embargo hoy está cansada. Tiene la cabeza en otro sitio. Solo le apetece volver a casa y hablar con su novio. Lleva mucho sin verlo. Aunque el Skype no es como estar a su lado, al menos los martes él acaba antes su turno y tienen toda la noche.

Tomás bebe otro sorbo de vino, le sabe un poco áspero, pero es reconfortante. Observa a la chica mientras esta, con precisión, corta unas rebanadas de pan de un centímetro de grosor. Es rubia. Lleva el cabello recogido en una coleta alta, algunos mechones se han soltado y le caen sobre la cara. Viste un delantal granate y se mueve con soltura por su reino. Sí, se había imaginado así a Uyulala, aunque como broma ya está bien.

Son cerca de las 8.45. Si no es la camarera, su cita le ha dejado plantado. Sería muy propio de ella, claro. Aunque le encajaría más que lo observara desde algún sitio para reírse de sus temores. Y no, lo comprueba de nuevo, no le espía desde la puerta.

«Guerrero Atreyu, ¿dónde está tu coraje?»

Se conocieron en una página de Facebook dedicada a relatos de ciencia-ficción y fantasía. Una noche solitaria de viernes se encontraron debatiendo los entresijos del relato colgado por uno de los habituales. Les hizo gracia que los dos tuvieran alias de La Historia Interminable. Se pasaron al privado para seguir la conversación. El alba les sorprendió intercambiando listas de lecturas favoritas.

Después vino el WhatsApp. De alguna manera que no recordaba habían empezado a fingir personajes. Unas veces ella era una astronauta que le escribía desde el planeta rojo. Otras él se había retirado del mundo en un monasterio recóndito, en la cima de un monte. En alguna ocasión eran exploradores por la sabana africana a punto de encontrar un lago desconocido. Pasaban semanas sin dar señales de vida y de repente uno de los dos mandaba un mensaje y comenzaban a crear historias.

Llevaban tiempo acariciando la idea de encontrarse. No sabían sus nombres ni conocían su aspecto. Apenas algún detalle de sus vidas reales. Aquel martes ella le había dicho que acudiera a su restaurante favorito.

«Pide un plato de pasta y así sabré que eres tú», le indicó.

Le pareció bien conservar hasta el último momento el anonimato.

El móvil vibra en su bolsillo. Tres mensajes de Uyulala. Mira a la camarera que seca los vasos y los alinea en una estantería, sobre su cabeza. «¿Los ha mandado ella?» El aparato tiembla una vez más. Toca la pantalla para leerlos:

-Pero dónde estás?

-Oye, de verdad me apetecía conocerte 

-No entiendo nada

-No tiene gracia

 

Tomás se apresura a contestar:

-Estoy aquí. A qué venía lo de la pasta?

-Me estás tomando el pelo?

 

-…

-Dónde es aquí, dónde te has metido?

Tomás mira a la camarera. Sin duda ella no está utilizando el móvil.

—Disculpa… ¿cuál es la dirección de este bar?

Isabel interrumpe el orden meticuloso de los vasos. Ahora no hay ni un atisbo de broma en la mirada del cliente, sí de preocupación.

—Marfil, 28

—¿No es 23? —pregunta, bajándose de un salto del taburete.

Ella niega con la cabeza y señala enfrente.

—No, está el número un poco borrado pero es 28. El 23 es el bar de ahí delante, ese de la puerta de madera que parece una casa particular. Mira, ahí si hacen unos buenos espaguetis.

Ana

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