Amelia

22. El fin de la inocencia

Hacía rato que el bebé se había dormido. Tras arroparlo por tercera vez, la niñera se sentó en la mecedora para contemplar su descanso. Se le dibujaba una sonrisa en la cara, solo interrumpida por el movimiento del chupete.

La lámpara de la mesita de noche proyectaba en el techo sombras distorsionadas de estrellas y lunas. La escasa luz dejaba entrever en la penumbra las cenefas de las paredes, decoradas con dibujos de barcos.

El hermano dormía dos habitaciones más allá, al final del pasillo. Le había costado que se fuera a la cama, tan emocionado como estaba ante la visita del Ratoncito Pérez.

Ese mismo día se le había caído el primer diente de leche. La niñera, ante la ausencia de la madre, se las había ingeniado para contarle la historia del ratón que colecciona dientes. Incluso tenía una moneda para cambiarla por tan preciado tesoro.

Ahora esperaba a que el niño cayera en brazos de Morfeo, mientras vigilaba el sueño del pequeño.

Sin querer, fue adormilándose debido al balanceo de la mecedora, o quizás al vuelo de sombras de estrellas y lunas o, tal vez, al cansancio acumulado. Poco a poco se le cerraron los ojos y su respiración se hizo más pausada.

Despertó, inquieta. Le había parecido oír un ruido procedente de la habitación del mayor. Se levantó, abrió la puerta con cuidado para no despertar al bebé y la cerró tras de sí.

Recorrió el pasillo en silencio. De pronto, creyó ver una sombra que lo atravesaba en dirección contraria y sintió que algo rozaba sus pies. Dio un paso atrás, asustada.

Con el corazón sobresaltado, entró en la estancia, temiendo que se hubiera despertado antes de la llegada del Ratoncito Pérez.

Descansaba sin que nada ni nadie perturbara su sueño. Pensó que el ruido que había oído procedía de la calle; se habría imaginado las sombras y, con seguridad, algún juguete olvidado en el pasillo sería la causa de su tropiezo.

Aprovechó su estado de desvelo para ir a buscar la moneda que guardaba en el bolso. Lo había dejado al pie de la escalera, así que bajó sin encender la lámpara.

Una vez arriba, solo iluminada por la luz de las farolas que se colaba por un gran ventanal, se dirigió a la habitación del mayor. Empujó la puerta y se acercó a la cama. Dormía de espaldas a la pared. Con cuidado, levantó una esquina de la almohada, para ver el lugar donde había depositado el diente horas antes.

No lo encontró.

Pasó la mano repetidas veces, casi alcanzando el sitio donde descansaba la cabeza del niño. Temió despertarlo.

El diente no estaba.

Se agachó e intentó buscarlo, a tientas, por si se había caído. Deslizó la mano, una vez más, por el suelo, hasta que rozó algo peludo. De repente, esa cosa se movió y ella retiró la mano, asustada.

«Será un peluche», pensó, intentando calmarse, mientras se levantaba. «Voy a dejar la moneda y ya veré si encuentro el diente mañana».

Volvió a levantar la almohada. Dejó la moneda y fue a arropar al niño, que se había destapado. Acercó la manta a su cara y le pareció que no respiraba. Alarmada, encendió la lámpara de noche y vio que tenía la boca cubierta de sangre. Dio un alarido.

Le faltaban todos los dientes.

Salió corriendo a buscar al bebé. Entró en la habitación, se acercó a la cuna y descubrió, horrorizada, que el bebé había perdido su sonrisa y también los dientecitos que acababan de salirle. Tampoco respiraba.

Dicen que la encontraron, a la mañana siguiente, con los ojos inyectados en sangre, abrazada al bebé y señalando un rincón vacío de la habitación.

Mientras se la llevaban, no dejaba de repetir: «¡El ratón! ¡Ha sido el ratón!».

Amelia.

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