Ana

21. El Salto

Después del Salto todo se volvió blanco. El suelo, el cielo, incluso la oscuridad adquirió ese tinte fantasmagórico.

Al principio fue divertido. Con ropas de abrigo, repartidas por el gobierno, nos lanzamos a la calle a descubrir la nieve, esos cristalitos fríos que se deshacían al tocarlos. La mayoría la veíamos por primera vez. Jugamos como niños a tirarnos bolas, a hacer muñecos, a resbalar por las pendientes. Era extraño aquel polvo que crujía bajo nuestros pies, tan diferente al artificial de las pistas de esquí de los centros recreativos.

Después, las provisiones que atesorábamos en nuestras casas se fueron acabando. Las temperaturas continuaban a la baja. La capa blanca impedía los desplazamientos, a no ser que contaras con un vehículo especial. Y caminar se hacía lento e ingrato. Los copos se movían con el viento y se clavaban en las mejillas y hasta en los ojos.

La ciudad se fue paralizando. Pasábamos el día haciendo cola, para conseguir comida y ropa, o para que nos proporcionaran más estufas.

Algunos protestaron, quisieron alzarse contra el gobierno y los militares que organizaban los repartos. Pero era difícil ir a ningún otro sitio cuando el hielo volvía resbaladizos nuestros pasos y la falta de luz y sol hacía mella en nuestro ánimo.

Las comunicaciones también se resintieron. Las ondas no se propagan bien entre las nubes. Aparte de los informes oficiales, poco más se transmitía por las redes sociales o las pantallas de televisión. En ellos nos alentaban a resistir un poco más. La temperatura se reajustaría pronto. Tras años de calentamiento global, el frío artificial, provocado por la emisión controlada de unos gases, restablecería el clima de principios de siglo. Ese que los mayores recordábamos de nuestra infancia, de cuando nos poníamos abrigos y guantes unos meses y, poco a poco, íbamos quitándonos capas de ropa, hasta llegar al verano.

 ***

Echo de menos a los míos. Los teléfonos apenas funcionan. Mis hijos viven en otras ciudades. No sé de ellos desde los primeros días, cuando todos reíamos aún, excitados con el cambio de temperatura. Mi marido se fue un día a por comida y no volvió. Puede que haya tenido un accidente o que lo atacaran. He añadido su nombre a la lista de desaparecidos. La Policía dice que nos calmemos, que seguro que están bien, pero no es un consuelo.

Los vecinos me preguntan cuánto va a durar la oscuridad blanca. No tengo más información que ellos. Aunque he trabajado toda mi vida en el Instituto de Seguimiento del Clima, el proceso científico por el que los gases van a reajustar la temperatura se me escapa. Nosotros solo hacemos mediciones, anotamos datos y trazamos gráficas. Sin embargo creo que ya van demasiados días. Nos dijeron que duraría unas semanas, que casi ni nos enteraríamos, serían como unas vacaciones diferentes.

Me he apuntado como voluntaria a un grupo de reparto. No soporto estar sola en casa tantas horas. Al menos andar hasta el centro me mantiene en movimiento y vuelvo a sentir las puntas de los dedos cuando consigo que la sangre circule hasta ellos.

Lo peor del trabajo que me han encomendado es quitarle los calcetines a los muertos. Los militares traen los cadáveres que encuentran. El hambre, el frío y los disturbios están haciendo estragos. Nosotros tenemos que rescatar la ropa. Se lava, se repara y se distribuye entre los que la necesitan. Sé que los cuerpos serán enterrados desnudos en el hielo. Sin embargo, mi mente se resiste a quitarles los calcetines, como si lo más impúdico fueran unos pies descalzos. Creo que la falta de vitamina D empieza a afectar a mis pensamientos. Se han vuelto irracionales.

Los otros están igual. Somos muchos los que no aguantamos ya el aislamiento. Hablo con otros voluntarios. Las miradas tristes revelan que creemos que esto nunca acabará. Faltan recursos, no estábamos preparados para tantos días. Dicen que nos están dejando morir a propósito, que somos demasiados.

 ***

Me he apuntado a la evacuación. Era reacia a dejar mi casa, pero ahora cualquier cosa, incluso la vaga esperanza de que en el sur haya menos nieve, me parece suficiente.

Los autobuses avanzan muy despacio. Las carreteras son despejadas a duras penas por lo que llaman máquinas quitanieves, una especie de monstruos de metal con palas. La inducción magnética no funciona y las ruedas han de tocar el suelo para desplazarse. A veces resbalan en el hielo y los vehículos salen de la carretera, algunos vuelcan. Antes abríamos las puertas para acoger a los otros, ahora fingimos no verlos suplicantes. Los asientos y los pasillos ya están llenos. Defender tu espacio en el vehículo se ha vuelto prioritario.

No sé dónde lleva esta carretera. Aunque siempre me he orientado bien, me despista el paisaje blanco, la niebla lo impregna todo. Diría que nos dirigimos a la costa sur. Quizá hayan construido allí refugios o haya barcos que nos lleven a otro sitio.

 ***

Debemos estar cerca del borde y los autobuses no se detienen. La gente grita, dicen que vamos a saltar. Puede que la evacuación fuera solo acelerar el final. Acabar con unos cuantos para que el resto pueda sobrevivir. Quizá se referían a esto los investigadores que llamaron a la operación “el salto”.

Ana

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Un comentario sobre “21. El Salto

  1. La trama se va tejiendo con un run-rún de fondo, con ese blanco para nada virginal o inocente en esta historia. El frio es inspirador, guiño a la autora, obviamente. Un saludo con enhorabuena.

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