Ana

17. Zanahorias para los renos

—¡No vuelvo a pasar la Nochebuena en la ciudad! El año que viene nos quedamos aquí, tan ricamente. Con lo bonita que has dejado la casa.

Laura se sentía agotada y muy hinchada. En la cena con su familia la habían atiborrado como si fuera ella el cerdo relleno.

—Vamos, vamos —dijo Hans, mientras cerraba la puerta tras de sí—. Tu madre te quiere mucho y le encanta tenernos allí.

—No tengo nada en contra de mi madre —resolvió, quitándose la chaqueta y cogiendo las que los niños habían dejado en el sofá—. Pero mi hermana es insufrible, y mi cuñado ya… ¿para qué hablar? Todos los años los mismos chistecitos malos.

Hans la besó en la mejilla y la liberó de todos los abrigos. Los colgó ordenados en el perchero de la entrada. Pensaba en lo que echaba de menos él pasar la Navidad con sus padres, en Nuremberg, donde las tradiciones se respiraban en cada rincón. Se quitó las botas, cubiertas de nieve y las colocó, ordenando de paso las de los demás. La calefacción estaba encendida y el salón aparecía brillante, con el árbol lleno de adornos. El suelo de madera, colocado durante los fines de semana de noviembre, le daba una inmensa calidez a la casa.

—Chicos —gritó—. Vamos a preparar las cosas para Papá Noel.

La voz de Ilka, su hija mayor, sonó ahogada desde el piso de arriba. Tenía ya 13 años y, por supuesto, no podía esperar que bajara a ayudarle.

—¡Christian!

—Voy, papá.

El pequeño de 9 años, apenas conservaba la ilusión navideña. Pasaba los dedos frenéticamente por la pantalla del tablet, con toda seguridad en alguna batalla, a los mandos de una nave imperial.

Oyó caer el agua en el lavabo. Laura debía estar preparando un baño de espuma. Tal vez llegara a tiempo de compartir al menos unos minutos con ella.

Suspirando, sacó del cajón de la cómoda cuatro calcetines grandes y rojos, con el nombre de cada uno ellos bordado. Se los había tejido su madre cuando los niños eran pequeños y, tiempo atrás, los colgaban del árbol con los ojos brillantes de ilusión. Los estiró para quitarles las arrugas y los prendió con alfileres de las ramas bajas del gran abeto de plástico. Estaba un poco despeluchado, pero al menos aquella Navidad tendría que aguantar. En la cocina llenó un cubo pequeño con agua –para los renos— y cogió unas zanahorias del cajón de la nevera.

—Christian. ¿No vas a ayudarme? Mira que Papá Noel no te traerá lo que le has pedido.

—Solo un minuto, papá. Estoy a punto de atravesar las líneas enemigas.

Hans se encogió de hombros. Hace nada eran dos mocosos dando saltos a su alrededor, agarrándose de sus piernas y yéndose a dormir pronto para que Papá Noel no les pillara despiertos. Ahora Ilka estaba, como siempre, escondida en su habitación. Chateando con las amigas o, quizá —esperaba que aún no—, con algún noviete. Christian parecía haber nacido con la tecnología en los genes y no apartaba los ojos de las pantallas. Tal vez un duende virtual habría sido más adecuado para despertar su atención.

Con una punzada de nostalgia, dispuso las zanahorias y la lechuga en un cestito de paja y una bandeja con galletas y trozos de chocolate para Santa Claus. Dejó también una copita de moscatel. ¡Hum!, tal vez aquello no era muy educativo, el viejo tenía que conducir su trineo, pero formaba parte del ritual y se resistía a saltárselo.

Más tarde, después de conseguir que Christian subiera a su habitación y tras advertir a Ilka de que no tardara en apagar la luz, se encontró a Laura ya tumbada sobre la cama abierta, durmiendo profundamente. La tapó con el edredón antes de acurrucarse a su lado.

Le despertaron los gritos de los niños. Por un momento le pareció que sus voces eran más infantiles de lo normal. Voceaban sobre los regalos y Christian repetía que Papá Noel era un despiste y se había dejado el gorro sobre la mesa. Hans se rio de la ocurrencia. Laura lo miró con cara de sueño pero aceptó el batín que le ofrecía y los dos se dirigieron rápido a la escalera.

El comedor era un revoltijo de papeles de colores y espumillones. Los chicos abrían con fruición los paquetes. Hans se emocionó al verlos tan entusiasmados. Al menos, la dura búsqueda de regalos de las semanas anteriores parecía haber tenido éxito. Se habían levantado tan pronto que no había podido bajar a hurtadillas para esconder la comida que habían dejado a los visitantes nocturnos. Se fijó, cuando Christian saltaba a darle una caja que llevaba su nombre, en las zanahorias mordisqueadas, además solo quedaba la mitad del agua y ni una de las galletitas para Santa. Tomó el presente para Laura y se lo dio con una sonrisa.

—Gracias por el detalle —dijo besándola.

Ella movió la cabeza.

—¿Qué detalle?

—Mordisquear las zanahorias. Es estupendo.

—No —rechazó Laura—. Yo no he sido. Acabo de levantarme ahora, como tú.

—¿Has visto papá? Está nevando. Creo que Santa estuvo un buen rato aquí, se ha comido todas la galletas y la copita que le dejamos anoche. Y se le ha olvidado el gorro —dijo Christian, muerto de la risa.

—Sí –corroboró Ilka—. Y hay algunos charquitos de agua junto a la puerta, el año que viene tenemos que dejarle unos peúcos de esos que hace la abuela, para que no nos moje el parqué.

Mientras hablaban vio la marca de chocolate en la comisura de los labios de Christian y el guiño de Ilka. Les sonrió agradecido y se dejó envolver por sus brazos, resbalando con ellos hasta el suelo, entre los papeles rasgados, los espumillones de colores, la manta nueva y los calcetines de lana que Papá Noel le había traído, con el bordado de “para el mejor padre del mundo”.

Ana

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