Ginés

1/2. Cuento de Navidad

Su padre llegó triste a casa, Amelia se dio cuenta en seguida. Estuvo a punto de recordarle que en unos días sería Navidad. Su madre le pidió que se lavase las manos y pusiera la mesa mientras ellos se encerraban en el dormitorio. Normalmente eso no significaba nada bueno, pensó, así que obedeció contemplando desde la ventana las calles de su pueblo con los adornos navideños en los balcones. Cayó en la cuenta de algo, por esas fechas, otros años el gran árbol de la plaza ya solía estar vestido de guirnaldas y bolas de colores, incluso de las luces que se encendían a la noche. Ese año, recordó, se habían retrasado. Con la nariz pegada al cristal pudo distinguir que, en efecto, allá abajo, el gran árbol permanecía verde y desnudo como siempre. Le preguntaría a su padre, se dijo, aguardando en la cocina con hambre.

En el dormitorio, Soraya, la madre de Amelia, abrazaba a su marido.

–¿Tan grave es? ¿En serio? –preguntó en un susurro.

–Ya te lo he dicho, y mira que lo sospechábamos, pero ha sido llegar el informe de la auditoria externa y… Menudo agujero, no hay dinero ni para el personal de limpieza. ¿Te imaginas una huelga?

–No será para tanto, ya lo verás. Bueno, ahora no pienses en eso, vamos a comer.

–Pero, ¿cómo no voy a pensar en ello, Soraya? El ayuntamiento está arruinado, no tenemos dinero. El pleno de hoy ha sido un continuo reproche de insultos sin asumir ni proponer nada… Despidos, acaso.

La mujer le besó convenciéndole de que se olvidara, al menos, para la hora de la comida.

Para el postre, con los típicos anuncios de la televisión, Amelia sacó el tema de los regalos de reyes.

–Ya he escrito la carta, ¿queréis que os la lea?

–Otro día, cielo, a papá le duele la cabeza. –Ella le vio levantarse igual de triste y encerrarse en su despacho.

–Ayúdame a retirar la mesa –pidió su madre

–¿Qué le pasa a papá, mami?

Soraya suspiró frente al fregadero tratando de buscar las palabras precisas. Ese año no iban a tener adornos en el árbol de la plaza, ni belén en el ayuntamiento y, seguramente, tampoco habría concierto de navidad el día de año nuevo. Temió que su hija le preguntase insistente que por qué, pero Amelia se limitó a escuchar. Oyó hablar de dinero, de que sin este las personas cambiaban y de otras cosas que le parecieron muy serias. Amelia trató de imaginarse cómo serían unas navidades sin ninguna de las cosas que le había mostrado su madre. Ni siquiera el belén del ayuntamiento, se dijo.

Al día siguiente lo comentó a sus amigas en la plaza, frente al gran árbol, también a ellas les habían contado que ese año las Navidades serían distintas.

–¿Por qué no hacemos lo que en clase? –propuso distraída, como un juego.

–¿El qué? –preguntó su amiga Ana.

–Podríamos poner una figurita de nuestra casa, cada uno, entre todos podríamos hacer uno, ¿no? –se encogió de hombros.

–No digas tonterías, Amelia, ¿tú crees que nos iba a dejar llevarlo al ayuntamiento? El belén que ponen no es como el de clase, es más grande.

–¿Y qué más da?

–Pues sí, sí que da. –Ana hizo un gesto, se puso en pie y propuso al grupo ir a jugar a otra parte porque hacía frio y los chicos con los que habían quedado no venían.

A Amelia le gustaba uno de la pandilla, Manuel, solo que no le había dicho nunca nada por vergüenza. Fue Ana la que, ese día, se acercó y les contó la idea loca de Amelia. Todos se rieron menos Manuel, que se acercó y le dijo al oído que le parecía una buena idea.

El padre de Amelia se reunió con el alcalde días después, ella y sus amigas le acompañaban con una caja entre las manos.

–La idea es buena –dijo este–, pero… –Él conocía bien ese pero, por eso le pidió a su hija que aguardase unos instantes fuera. A solas, con el alguacil como testigo, le miró muy serio.

–No me hagas decirte lo que pienso, ya lo sabes, estamos donde estamos por culpa de lo que habéis hecho durante cuatro años y ahora encima queréis robarle la navidad a los niños…

–Perdona, Daniel.

–No, perdóname tú a mí y déjame acabar. No tenemos dinero ni para el personal de limpieza, pero da igual, la recogeremos entre todos, como hace años. Y tal vez no tengamos dinero para el árbol, me duele más que a ti seguro, porque te recuerdo que lo plantó mi abuelo en la plaza…

»No, déjame, ya acabo. Ahora, te voy a asegurar una cosa, lo que sí vamos a tener es un belén en el vestíbulo del consistorio, como todos los años. Los niños han reunido las figuras casa por casa, la gente ha sido solidaria, ¿te suena esa palabra? Hay quien las ha hecho con madera y quien ha traído musgo y corteza del bosque, así que, no hay peros que valgan. ¿Estamos? Vamos a tener belén sí o sí.

–Hombre, tampoco hay que ponerse así.

–Me pongo, por cierto… ¿dónde están las figuras que poníamos cada año? Porque venderlas no creo que se hayan vendido. He preguntado por ellas y todos los ‘tuyos’ se encogieron de hombros. Que se han perdido, dicen

–No tengo ni idea. –El alcalde hizo un gesto ambiguo con los hombros bajando la cabeza.

–Yo creo que en tu casa no están. –Aquel hizo amago de querer intervenir con dureza–. Sería demasiado flagrante que me pasara por tu casa un día y las viera allí. Fíjate que creo que quizá estén en casa de la jefa de prensa aquella, ya sabes, la de Madrid, la que parecía que no se despegaba de ti durante una semana.

–¿Qué insinúas?

–Nada. Lo que he dicho, que mi hija está esperando ahí fuera y viene a preguntarte si pueden poner el belén en el vestíbulo, ella y sus compañeras de clase. ¿Les digo que pasen? –preguntó dando por terminada su intervención.

Ese año a Amelia no le trajeron todo lo que pidió en su carta a los reyes magos, pero no le importó. Estaba contenta con el belén montado en el ayuntamiento. También por lo que le había pasado esos días con Manuel. Sus padres también estaban alegres, en especial su padre, quizá se debiera, pensó, a que había recibido un regalo de reyes muy especial. Al menos le cambió la cara al abrir una caja de regalos, desde Madrid. Aún se pregunta por qué se rio tanto al descubrir dentro un montón de figuritas de belén muy parecidas, por cierto, a las que se habían perdido en el ayuntamiento.

Ginés J. Vera

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