Amelia

16. La mirada

Pablo se sentía afortunado. Ganador de un concurso nacional, el premio no podía ser mejor: una clase magistral con el prestigioso fotógrafo Mario D’Alba.

Tanto la fama como el misterio rodeaban a Mario. No se dejaba retratar y, si alguien le tomaba una foto por sorpresa, la cámara se estropeaba o la imagen salía borrosa. Se negaba a explicar por qué sucedía esto y se limitaba a teorizar sobre la importancia de la luz o del enfoque adecuado.

El mentor de Mario D’Alba había sido el genio Jean Brailowsky, reportero gráfico en multitud de conflictos internacionales, al que también le había pasado algo parecido: tras reflejar los rostros de centenares de personas, era curioso que el suyo no apareciera por ningún lado. Un dibujo a carboncillo de un conocido artista era el único retrato disponible.

Equipado con su cámara réflex y sus objetivos en la mochila, entusiasmado ante la idea de pasar unas horas con su admirado ídolo, llamó a la puerta de su casa.

Le abrió una mujer de unos cincuenta años, de porte elegante.

–Buenos días, querido. Soy Gabriela –le dijo, con acento argentino–. Pasa. Mario está en el estudio.

–Gracias, encantado. Soy Pablo –contestó, sonriente. Le acababa de abrir la mismísima esposa, cuyas poses seductoras ante la cámara de su marido habían dado la vuelta al mundo.

La mujer le indicó que subiera al piso de arriba por unas escaleras estrechas y bien iluminadas.

–Bienvenido. Tu foto me gustó mucho –dijo, indicándole que se sentara–. No me costó decidirme.

Un destello de emoción le recorrió el cuerpo. Pensaba que un jurado –y no Mario en persona- le había hecho merecedor del premio.

–Gracias. Hice muchas pruebas y esta fue la que envié –dijo Pablo, echándole un vistazo al retrato de su novia, sostenido por Mario, que permanecía de pie.

Plano medio de una morena, fumando un cigarrillo. Llevaba solo una gabardina y una bufanda que le llegaba a los muslos desnudos. El humo salía por su boca y dirigía su mirada al espectador, desafiante.

–Está muy bien. Tiene alma, justo lo que busca un buen fotógrafo. Dime, ¿qué quieres aprender? He seguido tu trayectoria en los distintos medios y eres un joven prometedor.

Pablo se sintió halagado. ¡Conocía sus trabajos!

–Es usted un maestro de la fotografía y desearía aprender… no sé, todos sus trucos. La iluminación, cómo elige qué fotografiar, qué objetivos me recomienda, qué puedo hacer para…

–Joven, te voy a explicar lo único que necesitas saber –interrumpió Mario–. Eso sí, si estás dispuesto a pagar las consecuencias.

–¿Consecuencias? No entiendo.

–Ante todo, debes jurar que no le vas a revelar a nadie esto que te voy a decir. Es un asunto de vida o muerte.

Un flash cruzó la mente de Pablo: ¿Estaría desvariando?

–Sigo sin entender. –Le entró la risa floja.

La mirada del experto fotógrafo lo congeló.

–¿Estás dispuesto a lo que sea para ser el mejor?

Pablo hizo un gesto de asentimiento, aunque dubitativo.

–Hace treinta años, cuando conocí a Jean Brailowsky, yo era un joven inquieto como tú. Deseaba absorber sus conocimientos y, aunque trabajé un año para él, mis trabajos no igualaban a los suyos. Tenía algo que lo hacía especial. Hasta que un día, tras irnos de copas y beber un poco más de la cuenta, Jean confesó:

«Me estaba volviendo loco para encontrar la foto perfecta. Quería captar el alma de las modelos que posaban para mí, de los refugiados de guerra, de los niños hambrientos en África… Y algo fallaba. No sabía qué hacer.

»Una tarde, en mi estudio, recibí la visita de un hombre con un maletín negro. Su cara era vulgar y no tenía rasgos característicos que lo distinguieran. Me ofreció ser el mejor en mi terreno, si aceptaba darle el alma de las personas a las que fotografiase. Con mi mirada a través del objetivo podía hacer que todos ellos fueran derechos al Infierno, con solo un clic.

»Por supuesto, pensé que era una broma. ¿Cómo iba a hacer yo aquello? Sacó una cámara del maletín y me dijo que tomaría una instantánea de mi rostro, para sellar el pacto.

»Accedí y se marchó.

»A partir de entonces, mis imágenes reflejaban el alma de las personas de una manera como nunca se había hecho. Dudo de si me las estaba llevando al Infierno con cada clic. He disfrutado de fama y fortuna, soy un fotógrafo de renombre.

»Es hora de que me releves en el cargo. Ya estoy mayor y el Infierno me espera. ¿Qué piensas?».

Mario tomó aire.

–¿Qué le iba a decir? ¿Fama y fortuna? ¿Vender el alma de otras personas al Diablo? ¿Perder la mía propia? –prosiguió–. Al día siguiente, cuando creía que todo era producto de la borrachera, un hombre con una mochila negra se presentó y me hizo la misma pregunta.

Mario escrutó al joven fotógrafo:

–¿Estás dispuesto a relevarme? Creo que eres el sustituto ideal. Falta ver si tienes la misma ambición que yo a tu edad.

Pablo contempló la imagen de su novia, sopesando la idea. No era bueno para decidir con rapidez. La mirada del fotógrafo se posó sobre él.

–¿Y bien? ¿Qué decides? –apremió Mario.

–Esto de fotografiar y capturar almas… ¿tiene efecto retroactivo? –preguntó, examinando la foto de su novia una vez más.

Amelia

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Un comentario sobre “16. La mirada

  1. La tensión se ha mantenido hasta el final; el gran dilema moral, la fotografía mira y observa, quién sabe qué secretos esconden de verdad los artistas. Un saludo.

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