Ana

15. Señales

Lucía cerró la cremallera de su anorak y se subió el cuello. La tarde estaba plomiza y amenazaba lluvia. Caminó deprisa hacia la zona de aparcamiento reservada a los empleados. Vio llegar a una pareja con un niño de la mano. El hombre la saludó con un movimiento de cabeza. Eran clientes habituales. Unas semanas atrás, el pequeño había desaparecido mientras hacían la compra. Todo quedó en un susto, pues lo habían encontrado poco después. Les sonrió. La mujer estaba ojerosa y pálida y ni siquiera la miró. Sin embargo el niño clavó sus ojos en Lucía y no los apartó hasta que se metió en el coche.

Encendió el motor y la calefacción para alejar los escalofríos. Antes de salir del polígono empezó a llover. Puso en marcha los limpiaparabrisas y observó el cruce. Las farolas todavía estaban apagadas y le costaba ver con claridad si algún peatón se disponía a pasar. Había un autoestopista en el semáforo. Era normal recoger allí a algún viandante que no quería esperar a los infrecuentes autobuses, ni recorrer a pie los seis kilómetros hasta la ciudad. Tocó el claxon para llamar su atención y abrió la puerta. Cuando se giró, sintió un vuelco en el estómago. Aquel hombre alto, que aceptaba su ofrecimiento, era Víctor.

—¡Qué casualidad! —exclamó, mientras él se sentaba a su lado y le daba las gracias.

Tenía el pelo muy corto e iba afeitado. Parecía más delgado y se había quitado los piercings. Pero seguía tan atractivo como la última vez que se vieron, muchos meses atrás, también un día de lluvia y en aquella carretera. Entonces era él quien conducía y ella se negó a subir, sellando la ruptura en la que se había mantenido firme todo este tiempo, a pesar de los llantos y de las noches en blanco.

—Te veo muy bien —le dijo. Habían hablado algunas veces por teléfono. Pensaba que ya estaba recuperada, pero aferró el volante para que no le temblaran las manos.

—Yo a ti también —dijo él con aquella voz envolvente que tantas veces le había susurrado al oído—. ¿Salías de trabajar?

—Sí —respondió—. Me han pasado a la sección de libros. Es mucho más interesante que estar en caja.

Se fijó en las señales de tráfico para no mirarlo. Él seguía hablando. Le preguntó por su tarea en el nuevo puesto. Se interesó por su familia. Fue educado, haciéndola sentir cómoda e impidiendo, con aquella atención, que se acordara de las discusiones y los desplantes que habían terminado con su relación. Sin darse cuenta llegó hasta su casa. No le había preguntado dónde lo dejaba. Se limitó a aparcar cerca y sugerir que tomaran algo en el bar. Él solo bebió agua, ella necesitó un par de cervezas para que la conversación fluyera con normalidad.

Víctor le contó que no tenía trabajo fijo, pero que estaba haciendo cosillas aquí y allá. Al menos en eso no había cambiado. Jugaron unas partidas al billar y dejaron que las horas pasaran. El olor de su piel, cuando se acercó a despedirse, la atrapó sin remedio. Y ya no hubo voluntad ni decisión mientras subían la escalera hasta su piso, ni mientras se quitaban la ropa y se besaban con hambre.

Fue cariñoso y atento, tal y como lo recordaba, excepto en el momento final, cuando se había dejado caer a su lado sin mirarla ni besarla. Y sin dirigirle aquella sonrisa traviesa que ella adoraba y que siempre ponía punto y final a sus encuentros sexuales. Se sentía tan confortada que no quiso darle importancia. Solo quería disfrutar de aquel cuerpo llenando el vacío de su cama.

Tampoco se había preguntado demasiado por el tatuaje de su hombro, no había visto la pequeña serpiente enroscada de la que él estaba tan orgulloso. Ahora rastreaba su espalda a la luz del amanecer. Buscaba un lunar bajo el omoplato. Las sombras le impedían estar segura, pero habría jurado que había desaparecido.

Víctor se dio la vuelta en sueños, impidiéndole mirar más. Hizo ademán de taparse, pero ella apartó la sábana. Se levantó despacio y retiró del todo la cortina para que el sol iluminara la habitación. Se acercó a la cama y miró debajo de su ombligo, en la parte derecha. Tuvo que inclinarse un poco para verlo bien. Sí, la piel estaba completamente limpia, sin rastro de los cinco centímetros de cicatriz que la operación de apendicitis le había dejado.

Ambos le tenían especial cariño. Se habían conocido en la puerta de Urgencias. Él se retorcía de dolor y aun así se fijó en ella, que había acudido con la garganta encendida y casi 40 de fiebre. Cuando Víctor se sentía poético, aseguraba que era el símbolo de su amor. Y cuando estaban más íntimos, Lucía la repasaba de principio a fin con sus labios.

—¿Qué estás mirando? —le preguntó ahora aquel hombre que llevaba el disfraz casi perfecto de su exnovio. Lucía levantó la vista y la fijeza de sus ojos le provocó escalofríos.

Ana

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Un comentario sobre “15. Señales

  1. Inquietante, como muchos -la mayoría- de los relatos que leo aquí puntualmente. Por alguna razón pensé que descubriríamos algo más, no obstante, alabo el trazado, el discurrir de la tensión narrativa. A por el siguiente.

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