Amelia

14. Verónica

La primera vez que vi a Verónica me llamaron la atención sus preciosos ojos color cielo de tormenta, enmarcados por unas arruguitas.

También me atrapó su sonrisa, de labios entrecerrados, ni exagerada ni pretendida. Una sonrisa de verdad.

Un renombrado chef, galardonado con una estrella Michelin, había abierto un nuevo restaurante. Un poco más asequible, pero excelente, y queríamos probarlo.

–¿Qué desean tomar, señores? ¿Puedo ofrecerles un aperitivo? –Su sonrisa y amabilidad nos sorprendieron.

Titubeamos, pues habíamos repasado la carta una y otra vez, calculando lo que nos podíamos gastar. Sin embargo, aceptamos un vermú de esos catalanes que no se parecen en nada al italiano que uno compra en el supermercado.

A los vermús siguieron unos bocados escasos pero exquisitos: la maestría de este chef se observaba en unos platos realizados con mimo.

Mi mujer dio un respingo y me tocó en el brazo.

–¡Es él, es él! ¡Está aquí, en el restaurante! –me dijo, señalando con la cabeza a un tipo moreno y algo bajito, trajinando de aquí para allá.

–¿Quieres que lo saludemos? –pregunté, en un alarde de confianza. ¿Por qué no íbamos a saludar a uno de los chefs más reputados del país?

–No, no, ¿qué dices? ¡Qué vergüenza!

Cuando llegó Verónica con un segundo plato para compartir, me acerqué un poco a ella y le dije:

–Nos ha parecido ver a Robert Cardona por aquí, ¿podríamos saludarlo?

Me obsequió con su maravillosa sonrisa.

–Lo siento, pero se acaba de marchar. Anda un poco estresado, con esto de poner en funcionamiento el restaurante.

–No pasa nada, cariño. Otra vez será –consolé a mi mujer, tomándola de la mano.

–Si volvemos…

Cuando llegó la hora de tomar postre, Verónica nos recomendó:

–El brioche es excelente. Además, es ideal para compartir. Con una copita de vino dulce verán qué bueno.

Nos concedimos otro extra.

A los diez minutos llegó con un recipiente de loza rojo y blanco. Dentro estaba el dulce más delicioso que he probado nunca. Disfrutamos como niños e incluso se nos saltaron las lágrimas al degustarlo con un vino dulce de nombre musical.

Verónica nos trajo la cuenta y, aunque nos habíamos pasado un poco del presupuesto, no nos importó. Se despidió de nosotros con un «Hasta pronto» que a mi mujer le dolió en el corazón y una amplia sonrisa, que llenó el mío.

Pasó un mes escaso y cobré los atrasos que me debían, así que decidí sorprender a mi esposa reservando mesa. Cuando se lo dije, no se lo podía creer e, incluso, me reconvino:

–¡Si nos costó un ojo de la cara!

–Tranquila, esta vez nos pedimos solo una ensalada, el brioche y una botella de agua. Pero el brioche que no falte. –Le guiñé un ojo.

Llegamos al restaurante y nos atendió Verónica. Me fijé en su pelo rizado. La otra vez lo llevaba recogido en una coleta y sujeto con ganchitos. En esta ocasión, lo había dejado suelto y le llegaba a los hombros.

–No han tardado mucho en venir a visitarnos. ¿Voy apuntando el brioche?

La miré con embeleso y asentí. Mi mujer y yo comentamos lo atenta que era y que se acordase de nosotros.

Cuando llegó la hora del dulce, nos quedamos estupefactos. No lo traía Verónica, sino el mismísimo Robert Cardona.

–¿Desean que les explique cómo se toma? Lo mejor es que corten un trozo de brioche y otro de helado y lo coman juntos. El sabor de ambos es indescriptible.

Asentimos mientras lo dejaba en la mesa y yo me atreví a decir:

–Ya lo hemos probado y hemos vuelto por él. Además, la otra vez parecía algo diferente.

–Sí, es cierto. Empezamos haciendo cuatro bolas de masa, pero hemos descubierto que se hornea mejor si hacemos cinco. Sale mucho más jugoso.

–Es espectacular –exclamó mi mujer–. Además, queríamos venir solo a comer el postre –confesó.

–Yo haría lo mismo. Me comería una ensalada y el brioche. Que lo disfruten. –recomendó, en dirección a la cocina.

Mi mujer y yo vimos cómo Verónica nos miraba y nos guiñaba el ojo.

–¡Qué atenta y qué amable! Se acuerda de que la otra vez no pudimos saludar a Robert. Esta chica es un tesoro –dijo mi esposa, cogiendo su cuchara.

–Disculpa, ¿nos podrías decir cómo te llamas? –pregunté, al ver que pasaba cerca de nuestra mesa.

–Verónica. Espero que todo sea de su agrado.

–Gracias, Verónica. Ojalá hubiera gente como tú en todas partes.

Se alejó a servir otra mesa, sin dejar de sonreír.

Nos hicimos habituales. Cada mes reservábamos una noche para ir a cenar al restaurante y Verónica nos atendía con su sonrisa y sus buenos modales por delante. Algo reservada, nuestras conversaciones se limitaban a comentar las excelencias de los platos y los vinos que los acompañaban. Notábamos que trataba a todos los comensales con idéntica amabilidad. Una auténtica profesional.

El sábado pasado fuimos al restaurante y nos atendió otra camarera. Le preguntamos por Verónica y nos contestó un lacónico «Está de baja». Esa cena perdió algo del encanto que tenían las demás. Nos faltaba la sonrisa de Verónica.

Ayer volví a verla. Yo estaba en mi despacho, haciendo papeleo, cuando le llegó el turno.

–Siéntese, por favor. –Tuve que tratarla de usted.– ¿Nombre?

–Verónica López Gutiérrez. Vengo a presentar una denuncia.

A continuación, expuso los hechos que la habían llevado hasta mí, hasta la comisaría de Policía Nacional, a denunciar al tipo que la había dejado sin sonrisa y había hecho llorar sus preciosos ojos color cielo de tormenta, ahora enmarcados por un círculo morado.

Amelia.

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3 comentarios sobre “14. Verónica

  1. Me he alegrado tantísimo de veros hoy!! Cuando me habéis comentado que habíais escrito un pequeño relato sobre mí no me lo podía creer, y era tanta la ilusión de poder compartir vuestras palabras que nada más salir del trabajo no he tardado ni un solo segundo en coger el móvil y correr a buscarlo. Me ha encantado, me ha dejado sin palabras. Me quedo corta dando solo las gracias! Y como bien habéis dicho.. .gente como vosotros es la que tendría que haber en todos los sitios! Un abrazo enooooorme y espero veros muy pronto 🙂

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