Ana

13. Juntos

—Con esto podemos dar por terminada la sesión de hoy y, por ende, el curso —concluyó Guillermo, un tipo larguirucho y nervioso—. Eso sí —puntualizó—, para escribir bien, hay que escribir mucho, no lo olvidéis.

Aplaudimos de forma desorganizada y soltamos alguna carcajada. Bajé la vista hacia el duendecillo que Javier estaba dibujando y sonreí. Nos miramos un momento a los ojos. A mí me encantaban sus historias fantásticas. Siempre incluía con facilidad elementos sobrenaturales. Él decía que mis escritos tenían mucha profundidad y abordaban temas serios. Yo temía que fueran aburridos. Quizá nos complementábamos.

Nos habíamos conocido cinco semanas atrás, en la primera sesión del Taller de microrrelatos. Empezamos a hablar durante un ejercicio creativo por parejas, que propuso Guillermo, y nos habíamos hecho inseparables. Aunque no tanto como la parejita del fondo, que se habían inscrito juntos y parecían escribir sus cuentos a cuatro manos. En aquel momento estaban proponiendo que fuéramos a tomar una cerveza para despedirnos. Amanda aplaudió la idea y me sonrió, esperando mi conformidad. Javier y yo habíamos pensado en ir por nuestra cuenta, pero nos pareció bien. Incluso la adolescente atormentada, especialista en describir paisajes imposibles, dijo, con palabras que todos entendimos, que venía a tomar una.

Acabaron siendo varias y algunas pizzas. La charla fue animada en todo momento. Amanda contaba anécdotas de sus alumnos de primaria y Guillermo colaba otras sobre escritores de talleres. Cuando cerraron el bar, recalamos en un pequeño antro de moteros. La música rock sonaba con muchos decibelios en aquel local vacío, con las paredes cubiertas de discos, guitarras y fotos de carretera. El dueño pareció fastidiado ante la perspectiva de tener clientela un día entre semana y aceptó, a regañadientes, prepararnos unos gin-tonics que, según Pablo, el compañero taciturno de los relatos filosóficos, eran de fama reconocida.

Cuando apurábamos el tercero, la música ya estaba más baja y Javier sugirió tomar la última en su casa. La parejita llevaba tiempo dándose cariño en el otro extremo de la barra. Pablo y la adolescente hablaban del sentido de la vida y Amanda y Guillermo discutían sobre el estilo de autores contemporáneos. A mí me pareció una idea fantástica marcharme con Javier.

A los demás también.

Cuando nos dirigíamos a la puerta para despedirnos nos encontramos con que se apuntaban a la propuesta sin la menor discreción. Javier me sonrió, entre apurado y divertido. Yo sentí una mezcla de alivio e inquietud. Aunque estaba deseosa de que nos quedáramos solos, seguir en grupo un rato más me quitaba un gran peso de encima.

El amanecer nos sorprendió bebiendo vino y creando un cadáver exquisito: un relato en el que cada uno debía seguir la historia a partir de la última línea del anterior. Guillermo se había desperezado y reclamado un café. Javier se excusó, pues solo bebía té, y Pablo le indicó, desafiante, que bajara a la calle a desayunar. El gesto de Guillermo fue de incomodidad y, en lugar de insistir, tomó el papel con las anotaciones que nos íbamos pasando, para corregir unas cuantas comas y tachar algún que otro adverbio inadecuado.

—Aquí hay chocolate, ¿a alguien le apetece? –sugirió Amanda, que curioseaba por los armarios de la cocina.

Mientras preparaban el desayuno, salí al balcón para llamar a la oficina y avisar de que me tomaba el día libre. Miré abajo. Se veía poca gente y apenas tráfico. Algunas personas hablaban en grupos de tres o cuatro. Otros caminaban sin prisa, cogiendo de la mano a los niños y charlando con los vecinos.

—¿Algún problema? —preguntó Javier, poniéndose a mi lado.

—No lo sé —respondí—. Mira la hora que es y no me contestan en el trabajo. Todos los días mi compañera está allí a las 7 en punto y, en todo caso, debería estar el vigilante.

—Se habrá dormido. Llama dentro de un rato.

—No es sólo eso, es muy raro —dije, señalando a la calle—. No hay nadie que esté solo.

—No sé qué quieres decir —objetó Javier.

—Mira —señalé a la terraza de la cafetería. Sólo una mesa estaba ocupada y dos camareros tomaban nota—. El más joven ha estado un buen rato en la puerta, sin salir a atender, nervioso, como si no se atreviera. Hasta que el compañero le ha dicho algo y entonces han ido los dos. Pero no es sólo eso. Fíjate en las ventanas, hay mucha gente detrás de los cristales, parece que les de miedo asomarse.

Javier se volvió y alzó una ceja, sorprendido.

—¿Y nosotros? —continué—. ¿Por qué nadie se ha ido a casa? Mira a Pablo. No nos aguanta a ninguno y sin embargo ahí está. ¿Por qué? Algo raro pasa —aseguré.

—¿Lo de los relatos fantásticos no era cosa mía? —preguntó, esbozando una sonrisa—. Anda, vamos para dentro antes de que me saqueen la cocina.

Quise protestar y quedarme fuera, observando a la gente. Pero no pude resistirme al calor de la mano de Javier y me dejé arrastrar a la seguridad del interior.

Ana

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