Amelia

12. El autobús

Son las 21:21 horas. El 27 para enfrente del Mercado Central. Es un autobús rojo, de los viejos, pues en los laterales aún hay pancartas de publicidad de comercios ya cerrados. Además, algunos de los asientos se mueven cuando te sientas y te da la impresión de que se van a romper de un momento a otro.

El conductor baja a estirar las piernas mientras espera a que llegue la hora de salida. Se pone a jugar con el móvil, o quizás a chatear con alguien importante, por su cara de satisfacción y el frenético uso de sus dedos sobre el teclado. Cuando por fin hace la intención de ponerse a conducir, ya han subido tres personas más: una mujer negra de unos 40 años, con trencitas en el pelo, que se sienta tras el conductor; un hombre con aspecto de indigente, barba blanca y sucia; y una señora que no se ha quitado el delantal tras lo que puede ser una jornada de trabajo en una casa ajena.

La mujer negra arruga la nariz cuando el hombre de barba sucia se coloca a su lado: con seguridad, no debe de oler muy bien. Ella se pega a la ventana todo lo que puede y finge contemplar las luces de Navidad que adornan la calle. Al sentarse, la señora del delantal se da cuenta de que aún lo lleva puesto. Me mira, azorada, se lo quita y lo mete a toda prisa en el bolso.

El autobús arranca y se dirige, calle abajo. En la siguiente parada sube una pareja de enamorados, agarrándose por los traseros sin apenas pudor. No pueden parar de besuquearse y les da igual escandalizar a los viajeros. Observo, hipnotizada, cómo sus lenguas se entrelazan, y siento una mezcla de vergüenza y envidia.

Me gusta examinar a la gente del autobús, evaluar sus gestos, tratar de adivinar a qué se dedican o en qué estado de ánimo se encuentran. Además, hoy la batería de mi móvil se ha terminado y no tengo nada más que hacer hasta llegar a mi destino.

Cerca de la Universidad sube un chico guapo y trajeado, que se sienta a mi lado sin mirarme. Lleva una corbata azul bastante clásica, «herencia de su padre», pienso con maldad. Puedo aspirar su aroma a perfume caro y entorno los ojos intentando recordar el nombre de la fragancia. Una joven rubia de cabello largo y rizado llega corriendo justo cuando las puertas se cierran. El conductor, muy amable, abre, y ella entona un jadeante «Gracias». Lleva una bufanda blanca y negra anudada al cuello. Se nota que tiene frío, a pesar de la pequeña carrera, y se arrebuja en uno de los últimos asientos. Pega la nariz al cristal y sopla para formar un círculo de vaho, donde dibuja un corazón con el dedo.

Una vez más, el conductor inicia la marcha. El semáforo está en rojo, pero dos peatones están cruzando en ese momento. El autobús trata de esquivarlos, mediante un hábil pero inútil volantazo. Los pasajeros nos ponemos a chillar. La señora negra ha caído encima del indigente. El conductor pisa los frenos, pero no responden. En un intento por desviarse y evitar chocar contra un coche, acaba por empotrarse en el gran edificio de despachos que se alza entre la avenida y el parque.

Desde entonces, todas las noches, a las 21:21, comienza el recorrido del autobús fantasma. Cada vez anoto más detalles de las personas que venían conmigo, no sé si para encontrar redención o para mantenerme ocupada lo que parece ser la eternidad.

Amelia.

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