Amelia

10. El sorteo

La maestra se sentó y observó a sus alumnos. Detuvo la mirada en cada uno de ellos, intentando averiguar quién sería el elegido. El azar tendría la última palabra.

Paula realizaba la ficha de lectura, enfrascada en subrayar las palabras que no entendía para buscarlas en el diccionario.

Sergio aprovechaba para terminar el proyecto de Tecnología. Le faltaba darle los últimos toques a las luces del puente y conectar las pilas, a ver si funcionaba.

A Fernando las fracciones no se le daban mal y era muy perfeccionista con los deberes. Escribía los enunciados en negro, las operaciones con lápiz y, si la maestra le daba el visto bueno, las pasaba a limpio con bolígrafo azul.

Sara leía un cuento en inglés. Era una niña nueva, había llegado al pueblo hacía poco. Todavía en período de adaptación, mostraba mucho interés y ya empezaba a hacer algunos amigos.

La maestra suspiró. Faltaban cinco minutos para el sorteo y vio que Sergio se aproximaba a su mesa.

–¿Qué pasa, Sergio? ¿Ya has terminado? –preguntó, inquieta. Solía levantar la mano antes de acudir a ella, pero esta vez no lo había hecho.

–Señorita Clara, es hoy el sorteo, ¿verdad? –afirmó, en voz lo suficientemente baja para que no lo oyeran sus compañeros de las primeras filas.

–Sí, Sergio. Vamos a empezar en breve –contestó ella, abriendo el cajón y sacando la bolsa con las bolas.

–Es que… no me parece bien que Sara participe –continuó, sin mirarla a los ojos–. Es nueva y no debería coger una bola.

–Sergio, en el sorteo deben estar todos los niños matriculados. Sara ha venido nueva, sí, pero tiene derecho a participar –dijo. Se levantó de la silla y exclamó–: ¡Niños! Recoged vuestras cosas y metedlas en las mochilas. Vamos a hacer el sorteo. Sergio, siéntate, por favor.

–Pero… ¡no es justo! ¡Ella no debería salir! –exclamó, casi gritando y asustando a otros niños.

–No me hagas enfadar. El sorteo se viene realizando desde hace mucho y entran todos los niños que vienen a este colegio. Se hace así aquí y en los pueblos de alrededor. –Lo mandó callar de un ademán y el niño se fue a su sitio, con la cabeza gacha.

Los alumnos se pusieron en pie. Uno a uno, la maestra fue llamándolos para que introdujeran la mano en la bolsa y extrajeran una bolita. No debían mirarla hasta que cada uno tuviera la suya.

–Ya podéis abrir la mano. Aquellos que tengáis una bola blanca, os sentáis. Los que tengáis una bola negra, recoged vuestra mochila y venid conmigo.

Se miraron con una mezcla de asombro y miedo. Abrieron las manos y algunos se sentaron, respirando aliviados. Sergio y Sara se quedaron de pie.

Clara les indicó que la siguieran, los otros permanecieron en clase. Recorrieron los pasillos casi en silencio y podía notar cómo la miraba Sergio. Sentía sus ojos clavados en la espalda.

–Señorita Clara, no es justo. Sara es nueva y no debería…

–Sergio, no te lo voy a volver a repetir. Así es el azar y así es la tradición. –La maestra no pudo evitar que una lágrima se deslizara por sus mejillas.

Llegó al despacho del Director, abrió la puerta y, sin mediar palabra, se situó al lado de los otros dos profesores del colegio. Sergio y Sara permanecieron en un segundo plano.

–Buenos días, queridos profesores. Señorita Clara, este año le ha correspondido el sorteo a su clase –comenzó a explicar, atusándose el bigote–. No voy a hacer un discurso sobre lo que esto significa para el pueblo, es necesario para que haya bienestar entre nosotros. Sin más dilación, procedamos a la selección final.

Les tendió una bolsa de terciopelo rojo y dijo:

–Ahora, debéis meter la mano a la vez y sacar una bola –explicó el Director–. El que tenga la bola negra, será el escogido.

Los dos niños se miraron, nerviosos. La maestra apartó la vista de la bolsa y reprimió un sollozo cuando el Director anunció:

–Bien, te ha tocado a ti, muchacho. Señorita Clara, puede llevarse a la niña a clase. –Sergio esbozó una leve sonrisa y se despidió de Sara con un gesto.

Ese día, los alumnos del colegio no salieron por la puerta del patio, sino por la principal. Un charco de sangre ocupaba el lugar donde unas horas antes Sergio había sido la víctima del sacrificio anual que aseguraba la prosperidad del pueblo.

Amelia

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Un comentario sobre “10. El sorteo

  1. Leer este relato me ha evocado otro, quizá por ello lo he disfrutado con una sospecha confirmada al final. Me reservo indicar ese ‘otro’ relato, eso sí, felicitando a Amelia (y a Ana, claro). Buen fin de semana.

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