Ana

9. Cuestión de suerte

La tenue luz del amanecer se colaba entre las cortinas mal cerradas, iluminando el cuerpo desnudo de Estela. Dormía, ajena a la mirada de Miguel, que no quería despertarla y la observaba casi sin atreverse a respirar. Aunque la piel le ardía, deseoso de volver a tocarla, prefería tomarse unos minutos para saborear su buena suerte. Esa que llevaba tanto tiempo esquivándolo. No recordaba la última vez que se había sentido tan en paz, con la ilusión de que al fin todo encajaba.

Ni en sueños habría imaginado así la velada. Los astros parecían alineados a su favor. Habían entrado por casualidad en el restaurante del hotel, un estrella Michelin ya no tan de moda, pero aún con largas listas de espera. Le propuso invitarla a un aperitivo mientras pensaban dónde cenar. Vio el cartel de reservado para L. Sánchez y se le ocurrió decir que era él. Estela se rio y le siguió en la locura. Tomaron un vino blanco muy frío mientras miraban la carta y un tinto afrutado mientras acababan el crujiente de manzana con foie. La carne, cocinada al punto, les sorprendió eligiendo el tercer vino y dándose los primeros besos.

Se habían conocido unos días atrás, en el cumpleaños de un amigo común. El único amigo de siempre que le quedaba a Miguel. El único que le había perdonado todas sus meteduras de pata y que seguía allí cuando decidió que era hora de enderezar su vida.

Le coincidía turno libre en sus dos trabajos, el de carga y descarga de camiones de por las noches y el de vigilante de los fines de semana. Aunque no estaba muy sociable aceptó la invitación. Se sentía inseguro con las cicatrices que aún se veían en su mejilla, recuerdo del accidente de coche que le había apartado de todo y de todos.

Charló con Estela casi toda la fiesta. Le gustaba su conversación fluida y su mirada chispeante. Y su risa, tan contagiosa. Le dio el número del móvil antes de marcharse y se mandaron mensajes durante la semana. Hasta concertar la cita de la noche anterior.

Se había atrevido a cargar a la habitación la cuenta de la cena. Al camarero no solo le pareció aceptable su garabato de L. Sánchez, sino que le trajo la llave de la 523, «como hacía siempre» y se apresuró a tomar nota de la botella de cava que le subiría en minutos.

Habían corrido por el pasillo sintiéndose traviesos como niños. Miguel le había contado una milonga sobre un tal amigo Luis, un viajante que tenía habitación y mesa fija en aquel hotel y se la cedía a veces. Sabía que Estela sabía que mentía. Pero las hormonas estaban ya tan desbordadas que no cabían el reparo ni el remordimiento.

Lo único que encontró en la habitación fue un albornoz en el baño y unas hojas con información de unas islas paradisíacas en el escritorio. Ni rastro de maletas o ropa.

Estela se despertó y sonrió al ver que la miraba. No hizo ademán de taparse y él lo tomó como una invitación. Le rozó la cadera con los dedos mientras la besaba. Ella respondió brevemente y lo apartó con suavidad.

—Me encantaría, pero tengo que irme ya a trabajar —se excusó.

—Puedo llevarte —propuso.

Se vistió mientras la oía darse una ducha rápida. Se movió cojeando por la habitación. Apartó las cortinas y vio un día espléndido aunque unas nubecillas amenazaban a lo lejos.

En recepción no hizo falta pedir un taxi. «En seguida le traemos su coche, señor Sánchez». Miguel sonrió y pensó que quizá estaba tentando a la suerte. Se prometió que sería la última licencia que se tomaba.

Dejó a Estela delante del edificio de oficinas donde trabajaba. Convinieron en echarse de menos. Mientras pensaba que lo más honesto sería devolver el coche al parking del hotel sintió una punzada de dolor en la sien, recuerdo del vino.

El sonido de un móvil le sobresaltó. No era el suyo. Debía ser el de L. Se confundió con los botones del manos libres y le dio a contestar sin querer. La voz parecía casi más sorprendida que él.

«Así que es verdad, ¿eh? ¿Has vuelto? No me lo podía creer. ¿Qué te habías pensado, que ya no te iba a buscar más? ¿Que me iba a contentar con ver cómo te forrabas a mi costa? Me habían dicho que estabas en Barbados. Pero a ti nunca se te hubiera ocurrido un plan tan inteligente. Siempre has sido mucho más chapucero. ¿Dónde estabas escondido? ¿Entre las piernas de alguna amiguita? Lo que no entiendo es cómo has sido tan estúpido de volver al hotel. Aunque estaba bastante seguro de que tarde o temprano volverías a por el coche. Siempre decías que antes muerto que sin tu coche. Pues tus deseos son órdenes».

Miguel no tuvo tiempo de decir que él no era L. Primero oyó el clic que cortó la comunicación del teléfono y luego creyó oír el otro, el que quebraba los cables de los frenos. Pisó el pedal sin resultado mientras el vehículo se dirigía al cruce de las avenidas. La cabeza le dolió otra vez y también la pierna, allí donde se soldaban los huesos rotos unos meses atrás. Después de todo, él no sabía lo que era la buena suerte.

Ana

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