Amelia

8. Date la vuelta

«Date la vuelta», me decías y, sin querer, un escalofrío de placer me recorría la espalda, pues sabía lo que venía a continuación. Tus expertas manos se deslizaban por mis pechos, mi cintura, mi vientre, y yo temblaba solo de pensar en tus dedos acariciándome en lo más íntimo.

Es curioso cómo simples estímulos repetidos a lo largo del tiempo nos condicionan a realizar la misma acción. Aunque no quisiera, cada vez que pronunciabas esas palabras, mi cuerpo te respondía, me daba la vuelta y me dejaba llevar por las sensaciones.

En ocasiones te quejabas de mi escasa participación en tus juegos. Yo te decía que no podía evitar abandonarme en tus brazos, dejar que me hicieras lo que quisieras, porque a ti te gustaba más actuar que dejarte hacer. No obstante, las veces que me dejabas tomar la iniciativa, sentía casi el mismo placer que tú. Te miraba y gozaba de tus ojos entrecerrados, tu boca ardiente susurrándome cosas que jamás decíamos en público y tu cuerpo arqueándose contra el mío.

Nos gustaba hacerlo en todas partes y a todas horas. Nos metíamos en la ducha tras una larga jornada de trabajo y nos enjabonábamos mutuamente. Siempre terminábamos en la cama, jadeantes, deseando tocarnos como si no lo hubiéramos hecho todavía, rebosantes de amor y de deseo. No nos importaba perder el tiempo, olvidarnos de la cena e, incluso, de las tareas que nuestros trabajos nos imponían. Éramos tú y yo las únicas personas que importaban en el mundo, tú y yo y nuestros cuerpos expectantes ante el goce que se aproximaba.

Eran pocas las ocasiones en las que permanecíamos a la mesa en las reuniones con amigos. A menudo, las conversaciones nos aburrían. Nos mirábamos de manera cómplice y nos perdíamos en el baño o en la cocina. Sin hacer mucho ruido para no escandalizar, nos sumergíamos en un mar de deseo contenido hasta el momento, que se desataba furioso en cuestión de minutos, para volver a la calma poco después.

Siempre pensé que los demás sabían de nuestra pasión por el sexo, tan desmedida y tan inevitable, pero fingían e ignoraban ver las mejillas enrojecidas y las ropas descompuestas tras esos breves asaltos.

Añoro esas mañanas en las que nos buscábamos entre las sábanas y retomábamos las caricias de la noche anterior. Ahora te busco y no estás y dudo de que tú me busques como lo hago yo.

Cuando voy a visitarte a la residencia, nuestros ojos ya no se encuentran como solían hacerlo. Tu mirada se pierde por encima de mi hombro y si nuestras manos se juntan ya no sientes la chispa que antaño encendía el deseo.

Ahora debo presentarme para que recuerdes quién soy. Tus movimientos han perdido aquella agilidad felina que te caracterizaba y te trabas con las frases más sencillas. Cada vez me resulta más difícil aceptar que tu memoria haya olvidado la historia tejida entre las dos y que jamás volveré a sentir lo que sentía cuando acercabas tu boca a mi oído y me susurrabas: «Date la vuelta».

Amelia

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