Ana

7. Non Tedium

«El comandante y la tripulación les damos la bienvenida a este vuelo de la compañía Non Tedium Fly con destino Lisboa. La duración estimada es de una hora y diez minutos. Gracias por su atención y feliz viaje».

Paula apagó el micrófono y miró a Carmen, esperando su aprobación. Pensaba que su voz había sonado demasiado temblorosa. Pero la jefa, una azafata con mucha experiencia, le sonrió y le guiñó un ojo.

El avión rodaba ya por la pista. Paula se estiró el chaleco por encima de los pantalones bien ceñidos. Se sentó y trató de respirar con tranquilidad. Había volado cientos de veces, pero aquella era la primera que lo hacía como profesional, tras meses de clases teóricas y talleres prácticos. Se dijo que era normal que el corazón le latiera desbocado y que el aire pareciera no querer llegar a sus pulmones. Puso las manos en los brazos de la butaca y sintió un ligero picor en las palmas. Una gota de sudor rodó por su sien. Confió en que el suave e impecable maquillaje no se le estropeara.

Aquel vuelo era también el primero de la Non Tedium Fly, una nueva compañía de bajo coste, pero de calidad, según repetían los anuncios que bombardeaban los medios. “Precios de allá para viajeros de aquí”, rezaba el lema comercial. La compañía abarataba en gastos superfluos, pero cuidaba los detalles. Le había parecido un equipo muy profesional cuando se apuntó, guiada también por la publicidad, a aquellos cursos de auxiliar de vuelo. Se había quedado en paro y encontrar trabajo en aquel momento era tarea imposible. Le encantaba volar, se le daban bien los idiomas y destilaba amabilidad. Parecía un cambio de vida perfecto.

La formación fue una experiencia deliciosa. Había congeniado enseguida con los compañeros y ya trazaban planes para cuando las líneas a Asia o Sudamérica se inauguraran. Se imaginaban en las costas brasileñas, bajo el sol, tomando caipiriñas.

—Vamos, Paula, arriba —ordenó Carmen—. Se esperan turbulencias y algunos pasajeros están un poco nerviosos.

—Voy —respondió poniéndose en pie de un salto.

Se había quedado perdida en sus pensamientos. Y en la falta de aire. Apeló a su responsabilidad y exhibió su mejor sonrisa. Recorrió el pasillo tratando de calmar a algún pasajero inquieto, pero le temblaban las piernas y, al tercer movimiento del avión, dio con sus rodillas en el suelo.

Eric la cogió con amabilidad del brazo, pero la empujó hasta los asientos de la tripulación.

—¿Qué te pasa? ¡Estás blanca! ¿De verdad te asustan unos saltitos? —preguntó, medio en serio, medio en broma—. ¡Pareces nueva!

—Es nueva, Eric, déjala.

Carmen le tendió un vaso de agua y le indicó que se sentara. A Paula la visión ya se le nublaba y sentía un molesto zumbido en los oídos.

—No te preocupes —le decía Eric, horas después, mientras tomaban una copa de vino verde en una terraza del Barrio Alto, sobre los tejados de Lisboa—. Has tenido un ataque de pánico, no hay más.

—Pero he volado mil veces, ¿cómo es posible que ahora me dé miedo?

Estaba perpleja y asustada. Todos los meses de preparación se estaban yendo al traste. Tuvo que pasar un buen rato en los asientos de la terminal para que el aire volviera a circular por sus pulmones. Para entonces el pelo había escapado de la coleta estirada, donde los sujetara por la mañana, y la camisa blanca estaba empapada en sudor.

—La presión del primer día —señalaba Carmen, apurando su copa—. Ya verás como no vuelve a pasar.

Pero pasó. De hecho, fue aún peor. El miedo y la sensación de ahogo empezaron incluso antes de que el avión despegara. Y la siguiente vez gritó, aterrada, en cuanto cerraron las puertas, lo que atemorizó al pasaje, retrasó el vuelo media hora e hizo que su jefa le recomendara pedir la baja.

Desconsolada, probó con relajantes, psicólogos e hipnosis. Nada funcionó. En tierra, volar era lo que más deseaba, en cuanto ponía un pie en un avión de la compañía, el aire se le escapaba, notaba hormigueos en los brazos y empezaba a sudar.

Pasó meses deprimida, sintiéndose un fracaso. Poco a poco se hizo a la idea. Acabó dando clases de inglés en una academia de idiomas y volviendo a echar currículums. Incluso tomó algún vuelo para irse de vacaciones. Y el miedo no pasó de un ligero nerviosismo.

Justo hacía un año de aquel primer día fatídico cuando, una noche, se enteró por las noticias del cierre cautelar de la compañía de bajo coste Non Tedium. Después de meses de incidentes menores e incluso alguna denuncia, se había descubierto que el tapizado de los asientos de sus aviones contenía una sustancia para repeler las manchas, que provocaba alergia en personas hipersensibles. Causaba sensación de asfixia, hormigueos, palpitaciones, sudores y temblores, síntomas muy similares y, a menudo, confundidos con un ataque de pánico.

Ana

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2 comentarios sobre “7. Non Tedium

  1. En mi caso soy alérgico a algo mucho más mundano, pero puedo entender a Paula. Me ha gustado, sabía que nos aguardaba una sorpresa al final del relato, no me equivoqué. Enhorabuena.

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