Ana

5. Hambre

─¿Se ve algo? ─me preguntó Víctor desde el fondo del laboratorio.

─No ─respondí, mirando por la ventana. Estábamos en la última planta de la Escuela de Agrónomos y divisaba casi toda la avenida, que parecía desierta.

─¿Vamos, entonces? Me muero de hambre ─se lamentó.

─Todavía hay luz ─señalé─. Puede que haya alguno. Vamos a esperar un poco.

Víctor resopló contrariado, pero no replicó. Hacía días que no discutíamos. Hablábamos poco. Lo vi acercarse a la última bancada. Decenas de pequeñas plantas de tomate seguían creciendo en las bandejas de ensayo. La rutina nos alejaba del miedo, supongo. Por eso seguíamos adelante con nuestro trabajo.

Un mes atrás, antes de que todo empezara, iniciamos una investigación sobre la posible resistencia de algunas variedades silvestres de tomate a una enfermedad nueva, que estaba causando grandes pérdidas en las cosechas. Nos conocíamos apenas de vista, pero trabajábamos bien juntos. Víctor tenía fama de ser un tipo metódico y ordenado. Ahora lo veía repasando las plantitas una por una, anotando síntomas y cambios.

Mejor nos hubiera ido investigando a los afectados por aquel virus extraño, o lo que fuera, que volvía locas a las personas. Pero, claro, nosotros sólo sabíamos de plantas.

Todo había comenzado de repente, después de una tormenta, una de esas que paraliza la ciudad. Era un viernes por la tarde, no había clase y éramos pocos en el edificio. Cuando dejó de llover, empezaron los gritos. Gente que se abalanzaba sobre los que pisaban la calle, golpeándoles y mordiéndoles, con una violencia inusitada.

Cerramos la puerta de la Escuela lo más rápido que pudimos, antes de que alguno de aquellos perturbados cruzara el umbral. En la radio y por Internet informaban de ataques que se producían por todas partes. Estábamos aterrorizados. Aconsejaban no salir a la calle y así lo hicimos los primeros días.

Luego Esther, una de las técnicas del Laboratorio de Química, enloqueció también. La recordaba en las clases de primero, explicándonos como limpiar probetas y tubos de ensayo. Era una mujer menuda y amable, que jamás levantaba la voz, inofensiva. Hasta aquel momento que vi sus dientes junto a mi cuello. Empecé a gritar fuera de mí al ver la saliva y la sangre goteando por las comisuras de sus labios. A patadas conseguí apartarla el tiempo suficiente para que los otros vinieran en mi ayuda. La echamos fuera.

Más tarde, cuando las provisiones de la cafetería se acabaron, empezamos a salir. Había un supermercado cerca y hacíamos incursiones para traer víveres. Las noches parecían más seguras, así que esperábamos a la puesta de sol. No siempre todos volvíamos. El número de supervivientes en el edificio era cada vez menor. Y el hambre cada vez mayor.

Algunos intentaron regresar a sus casas. No supimos más de ellos. Víctor y yo nos quedamos. Ni él ni yo teníamos familia en la ciudad, así que el laboratorio era un lugar tan bueno para refugiarnos como cualquier otro.

Buscábamos noticias en la radio pero solo sonaba música y, a veces, ni eso. No saber lo que estaba pasando era desquiciante. Aunque peor era la sensación de hambre. Lo último sólido que habíamos comido eran las galletas y chocolatinas de la máquina del pasillo, y una cantidad ingente de cafés. En ocasiones soñaba con un filete de carne poco hecho, algo consistente que llevarme al estómago.

─Mira –dijo Víctor a mi lado, sobresaltándome. Señaló la otra acera. Una figura se movía entre los árboles del jardín─. ¿No es Fran, el del Laboratorio de Suelos?

Lo conocíamos de los cigarrillos en la terraza. Fue uno de los primeros en aventurarse a salir. Vi sus facciones con claridad, a pesar de la distancia y la falta de luz. Su rostro mostraba terror. El grupo lo rodeaba, desafiando las sombras. Abrí la ventana para alertarlo, pero Víctor me detuvo a tiempo. Tenía razón. Si se enteraban de que estábamos aquí vendrían por nosotros y nos atacarían por el día, mientras dormíamos, clavándonos un cuchillo en el pecho, como les habíamos visto hacer más de una vez, como estaban haciendo con Fran en ese momento. Aparté la vista, no podía soportar verlo.

Dentro de unas horas, cuando la noche sea más oscura, Víctor y yo saldremos. Seguramente nos separaremos. Sabemos que el supermercado está agotado y nos da un poco de apuro vernos comer otras cosas. Pero el hambre aprieta, provoca calambres en el estómago. Y ya hace días que la sangre caliente deslizando por la garganta me sabe infinitamente más dulce que las chocolatinas.

Ana

Anuncios

2 comentarios sobre “5. Hambre

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s