Amelia

4. León verde en la ventana

Llegó a casa agotado. Abrió la puerta y se extrañó de que no entrase ninguna luz por las ventanas. Siempre que trabajaba de noche dejaba las persianas a medias, para que el sol lo saludase a la vuelta.

Esta vez, una figura lo ocultaba. Permanecía quieta y pudo distinguir una melena espesa mecida por la brisa.

Se aproximó, movido por la curiosidad. Sentado en el alféizar, majestuoso, imponente, se hallaba un león. Pero no uno cualquiera. Un león de color verde, como las esmeraldas, como las botellas de Heineken.

Se quedó quieto, por si acaso se lo zampaba de un bocado. Perplejo, salió de casa lo más sigilosamente que pudo.

¿Qué debía hacer? ¿Avisar a las autoridades pertinentes? Y, ¿quiénes eran las autoridades pertinentes? ¿Acaso había un zoo para animales de colores imposibles? ¿Una policía encargada de velar por la seguridad ciudadana ante ataques de fieras inexistentes? Se le ocurrió de pronto que quizás la guardia civil podría tener algo que ver, dada la similitud del color de su uniforme con el del león. Y se rio por dentro. Sin duda alguna, lo tacharían de loco. ¡Un león verde!

Una vez en la calle, miró hacia arriba, a su ventana del segundo piso. La bestia seguía allí, con su melena al viento, inmóvil. Parecía uno de esos leones del Congreso, pero vivo, claro. Recordó un día de San Patricio en Madrid, en que los pintaron de ese color, en honor a los irlandeses de la ciudad.

Pero este era de verdad. O eso parecía. Y su aspecto imposible lo hacía más bello aún que los animales de los documentales de La 2.

«¿Y si le lanzo una piedra, a ver si se mueve?», pensó, descartando otras ideas más descabelladas.

Así lo hizo. Sin embargo, el león apenas movió la cabeza y sus ojos, también verdes, lo miraron durante unos instantes, para luego pasar a ignorarlo.

Como no sabía qué más hacer, decidió irse al bar. Con un pincho de tortilla y un carajillo seguro que se le ocurría algo.

Horas más tarde, despertó en su cama, con la ropa arrugada y un fuerte olor a alcohol. Le dolía la cabeza intensamente y no recordaba cómo había llegado allí.

De repente, se acordó del león y saltó del lecho, para ir a ver si aún seguía en la ventana.

Había desaparecido.

Preparó algo para cenar y, tras una ducha reparadora, se fue pitando a la fábrica.

Llegó a casa agotado. Abrió la puerta y se extrañó de que no entrase ninguna luz por las ventanas. Siempre que trabajaba de noche dejaba las persianas a medias, para que el sol lo saludase a la vuelta.

Otra vez, una figura lo ocultaba. Permanecía quieta y pudo distinguir una cabeza alargada con crines.

Se aproximó a la ventana, movido por la curiosidad. Sentada en el alféizar, apocada, sonriente, se hallaba una cebra. Pero no una cebra cualquiera. Una cebra a rayas rojas y blancas, como la camiseta del Atlético de Madrid, como las fresas con nata.

No tardó más de un minuto en tomar una decisión: se fue al bar como la vez anterior. «Estos animales extraños van a acabar con mi hígado».

Amelia.

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Un comentario sobre “4. León verde en la ventana

  1. Hasta Jesús Calleja estaría encantado con este relato, que él sí sabe de leones publicitarios.
    Ritmo ágil, con ese doble juego de recurrencia, bellamente construido. Bravo, una más, uno menos. Salud.

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